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‘Éxodo: la última marea’: clase, colonialismo y apocalipsis

Estrenada en el Festival de Cine de Berlín en 2021, ‘Éxodo: la última marea’ es una pequeña producción alemana y suiza de ciencia ficción.

Lalo Ortega   |  
9 junio, 2022 5:00 AM
- Actualizado 13 septiembre, 2022 10:14 AM

La esencia de la ciencia ficción como género está en la especulación alrededor de conceptos futuristas, específicamente, las consecuencias de los avances tecnológicos y científicos, así como su impacto en la sociedad humana. ¿Qué pasará cuando la humanidad pueda colonizar otros planetas? ¿O cuando, debido a la explotación del planeta Tierra, esa sea la única opción?

Al comienzo de Éxodo: la última marea (Tides, también conocida como The Colony) –que se estrena en salas de cine mexicanas este 9 de junio–, eso es precisamente lo que ha sucedido: guerras, pandemias y el cambio climático han vuelto la Tierra inhabitable (cualquier lunes al ritmo que vamos, pues).

Como consecuencia, las élites de la civilización huyeron a la colonia espacial Kepler-209, donde lograron subsistir durante algunas décadas. Sin embargo, la radiación del planeta ha vuelto estériles a los remanentes de la humanidad, por lo que dos misiones –Ulises I y Ulises II– regresan a la Tierra para comprobar si es habitable de nuevo y, así, traer de vuelta a los humanos restantes para asegurar la continuidad de la especie.

Es así que conocemos a Louise Blake (Nora Arnezeder), tripulante de Ulises II que, al aterrizar, se encuentra con un entorno sumamente hostil: casi todo el terreno está inundado, y poderosas mareas van y vienen. Lo más importante, sin embargo, es cuando es emboscada por una tribu humana. Donde ella creía que no había más vida, descubre que incluso hay niños. Sin embargo, este es sólo el principio de un misterio mayor.

Éxodo: la última marea
Poco después de aterrizar, Blake descubre que la humanidad subsiste en la Tierra, creída inhabitable (Crédito: Imagem Films)

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Parte de la contundencia de Éxodo: la última marea recae en que su trasfondo luce menos especulativo, pues nos muestra un futuro que parece muy próximo, y no sólo debido a la plausibilidad del desastre que nos auguran las noticias.

En parte, esto se debe también a que se trata de una película de ciencia ficción de mediano presupuesto, así que su diseño de producción apuesta por elementos que se sienten más aterrizados y realistas.

Sus limitaciones monetarias son disfrazadas por una iluminación saturada (que funciona para el tipo de película que es), combinada con locaciones y sets de tiempos ambiguos. Decadentes barcos y submarinos encallados constituyen las nuevas fortalezas de la sociedad humana postapocalíptica, pero podrían pertenecer al año 2020 o al 2100.

Todo ese conjunto hace de esta película una propuesta sorprendentemente cercana dentro del género. La historia después procede por las vías de un thriller, lo que decepciona un poco considerando las ambiciones temáticas de su primer acto. Sin embargo, y por fortuna, no quita el dedo del renglón en cuanto al subtexto de clase y colonialismo en su trama.

“Por el bien común”

Cuando conocemos a Blake y a su condenada tripulación, tienen un propósito claro: descubrir la viabilidad de la vida en la Tierra para asegurar el futuro de la especie humana. Su mentalidad es seguir a la lógica, no a sus emociones. Aprendemos que, desde pequeña, la protagonista ha sido enseñada a trabajar “por el bien común”, frase que casi se ha vuelto la máxima de la sociedad en Kepler-209.

Naturalmente, toda su concepción del mundo comienza a tambalearse cuando Blake es capturada por otros humanos y llevada a un pequeño asentamiento. Sin embargo, cuando otro grupo los ataca y secuestra a los niños, ella decide infiltrarse en su barco para investigar. Como ella, pronto descubrimos que la humanidad no está tan extinta en la Tierra como se pensaba.

Éxodo: la última marea
Lodo y óxido: el agua y el pan del diseño de producción de Éxodo: la última marea (Crédito: Imagem Films)

Es en este punto donde Éxodo: la última marea abandona los desolados parajes de agua y lodo, para adentrarse en una pequeña sociedad al interior de un deshuesadero de barcos.

Para no arruinar nada, basta decir que, a partir de su encuentro con un tripulante de la misión Ulises I que se creía perdida, llamado Gibson (Iain Glen, de Game of Thrones), comienza un choque ideológico entre Blake y los preceptos de su misión original.

El concepto mismo de “salvar a la humanidad” es puesto en tela de juicio. ¿Cuál es realmente el “bien común”? ¿La humanidad necesita ser salvada, si ya existe sin la intervención de una élite “superior”?

Éxodo: la última marea
Iain Glen es Gibson, uno de los sobrevivientes de Ulises I (Crédito: Imagem Films)

Este último es un detalle pequeño, pero crucial para la narrativa de Éxodo: la última marea, pues presenta un dicotomía entre una sociedad “superior” y más tecnológica avanzada que, al encontrarse con otra más pequeña y menos poderosa, la somete a sus objetivos.

El factor especulativo de la ciencia ficción entra en juego de forma escalofriante cuando pensamos que, de hecho, esta sociedad humana que huyó al espacio fue conformada por las élites de la civilización anterior. Suena como a esos multimillonarios megalómanos que están jugando a las carreritas espaciales mientras el planeta muere (aunque ellos juran que lo hacen por nuestro bien).

Éxodo: la última marea tropieza con su lado thriller

Para bien y mal, la película del director Tim Fehlbaum implementa también algunos elementos de thriller. Por un lado, estos brindan emoción y un poco de intriga a una historia que, de otra forma, quizá sería demasiado cerebral. Por otro, no todos esos elementos están tan bien aterrizados, y entorpecen la narrativa más que enaltecerla.

La familia es uno de los hilos temáticos de la película, incluso si se encuentra algo diluido por algunos giros de tuerca que no están tan bien escritos. Está, primero, el vínculo entre Blake y su padre (Sebastian Roché), otro miembro de Ulises I a quien conocemos en flashbacks. Cuando Blake decide seguir a los niños secuestrados, lo hace para ayudar a Narvik (Sarah-Sofie Boussnina), madre de una de ellos.

Éxodo: la última marea
Sarah-Sofie Boussnina interpreta a una madre en busca de su hija (Crédito: Imagem Films)

Las revelaciones alrededor de Gibson vienen a cuentagotas, lo que funciona mejor en algunos momentos, aunque en otros resultan demasiado convenientes, y acaban sintiéndose como una forma un tanto artificial de generar tensión.

Sin embargo, hay buenas ideas en el guión de Éxodo: la última marea, que sumadas a una ejecución loable a pesar de sus limitantes presupuestales, la convierten en una muy buena propuesta de ciencia ficción que no se deriva de ninguna franquicia. Nos hacen falta más de esas en el cine.

Éxodo: la última marea se estrena en salas de cine mexicanas el 9 de junio. Si quieres saber más sobre la película, ver el tráiler o comprar boletos, entra a este enlace.