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‘Cosas que no hacemos’: ¿cómo filmar un secreto?

Conversamos con Bruno Santamaría, director de Cosas que no hacemos, documental mexicano premiado en FICUNAM 11 que llega a carteleras mexicanas.

Lalo Ortega   |  
23 junio, 2021 1:32 PM
- Actualizado 6 julio, 2021 2:34 PM

Cosas que no hacemos es, en palabras de su director Bruno Santamaría, un documental que nace del deseo de representar el acto de crecer en el cine. Y como tal, a pesar de situarse en México, tiene su origen en una anécdota de lo más inocente, que tiene que ver con la Navidad y Santa Claus.

De viaje por el estado de Sinaloa con una amiga (la sonidista de la película, Zita Erffa), Santamaría se encontró con un niño, quien les contó que, en Navidad, Santa Claus pasaba volando en un trineo de colores, arrojando dulces sobre pueblos de la entidad como El Roblito y Las Arenitas.

Para entonces, el director solamente tenía algunas ideas: una preocupación por el significado de la infancia en México, “tan ligado a la violencia”, y algunas anécdotas acerca de crecer, unidas por el común denominador de la represión de la identidad sexual. “Entonces apareció el título que las unificaba: Las cosas que no hacemos”, relata.

Durante su estancia en El Roblito, Santamaría notó los contrastes entre la niñez y la vida adulta, la sombra de una violencia abstracta en el imaginario infantil y las necesidades tempranas del trabajo, que truncan las infancias alrededor de los 12 años de edad.

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“En la noche había fogatas, y los niños contaban historias sobre brujas y sobre casquillos de balas que encuentran, dejados por el Diablo. Esta conjunción de historias raras, ingenuas, de niños, pero cargadas de cierta violencia, me atrajeron mucho a este lugar para filmar ese crecimiento”, dice el director.

Uno de los pocos adolescentes que permanecían en el pueblo era a quien entonces conoció como Arturo, con 13 años. Santamaría formó una amistad estrecha con él y su familia.

“Con él formé un vínculo, pues es un chico gay, igual que su hermano mayor”, relata. “Me acerqué mucho a la familia, y en algún momento la mamá me preguntó por mi identidad sexual. Le conté que yo también soy gay pero que mis padres no lo sabían. Cuando me preguntó por qué, les dije que no los quería lastimar.

“Entonces me dijo que nada les va a lastimar más que el secreto. Guardarles un secreto a tus papás es lo más doloroso, no tenerles confianza”.

A partir de esa entrevista, cuenta Santamaría, su vínculo con Arturo se fortaleció, lo suficiente como para que él tuviera la confianza de compartirle su secreto: que era una mujer trans llamada Dayanara. “He querido pedirle permiso a mis papás para vestirme de mujer, pero no lo he podido hacer”, le dijo.

Dayanara se convirtió, prácticamente, en la encarnación misma del título que Santamaría había concebido. Ella encajaba en el contexto de los distintos tipos de violencia: la que padece un pueblo como El Roblito, pero sobre todo, “la violencia de guardar un secreto, por miedo o por seguridad”.

Cosas que no hacemos: filmar y montar con honestidad

La relación entre director y protagonista era, claramente, bastante más cercana y personal de lo que se acostumbra en la concepción tradicional del cine documental. Pero para su director, este acercamiento era necesario. “Yo quería filmar la historia de alguien que crece, y para hacerlo creo que hay que tener una intimidad”.

Sin embargo, para Santamaría, ese retrato de Dayanara no era independiente de su entorno. El director alude a un acontecimiento violento que ocurre en El Roblito hacia la mitad del largometraje, que si bien no la enmarca, sí la divide. “No prestamos atención directamente a todo lo que estaba ocurriendo, pero no nos tapamos los ojos tampoco”, acota.

“La historia [de Dayanara] está claramente ligada a una violencia mucho más difícil de filmar que tiene que ver con lo que no se ve, los secretos. ¿Cómo filmas un secreto, cómo filmas un silencio?”, explica el director.

Still de 'Cosas que no hacemos'
La cámara es confidente del secreto de Dayanara en Cosas que no hacemos (Imagen: Cortesía de Calouma Films).

Durante el documental, resulta evidente que la cámara no es un ente abstracto, anónimo u “oculto”, sino una presencia cercana. Hay instancias en las que el director habla a cuadro, y los niños del pueblo se acercan a la cámara para hablarle a él.

“Para mí era importante, más que la naturalidad o la espontaneidad del cine directo, no forzar ni tensar la relación o establecer una relación de subordinación. En el montaje, es tomar decisiones de cómo construir eso, si ocultar o no que somos un equipo de filmación”, señala Santamaría.

“Habrá quien no se sienta cómodo con eso, y prefiera sólo mirar, quizá no como mosca en la pared pero sí con una distancia más grande de quienes no se entienden”, dice el cineasta.

Para él, sin embargo, vale más honrar que la película es el resultado “de un encuentro muy azaroso que viene de hacer cine”. De algo que comenzó con una idea y con la inocencia de creer en Santa Claus, y que se convirtió en un retrato de la valentía necesaria para salir al mundo con la verdad.

Luego de su galardonado paso por FICUNAM 11, Cosas que no hacemos se exhibirá desde el 25 de junio de 2021 en algunas salas de Cinemex, la Cineteca Nacional, la Cineteca FICG, la Cineteca Mexiquense, la Cineteca Nuevo León, Cine Tonalá, Cinemanía, Kinoki San Cristóbal, NayarLab Cinema, Cinema21 y más salas independientes de México.