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Cine de arte: ¿qué es y qué representa?

¿Qué es el cine de arte? Es un término tan común como ambiguo, arbitrario y complejo. Aquí lo analizamos.

Lalo Ortega   |  
3 mayo, 2021 10:10 AM
- Actualizado 6 julio, 2021 2:35 PM

Cuando hablamos de cine, lo más común es referirnos a las producciones millonarias que se estrenan en las grandes cadenas de cines, cuestiones como películas de superhéroes, de acción, de terror o comedias románticas. Pero también está la “otra” clase de cine, ese al que la gente puede referirse como “películas raras” (peyorativamente en muchos casos), o en esa categoría tan extremadamente ambigua como el “cine de arte”. Las mismas cadenas de cinematográficas incluso tienen espacios dedicados a ello (la Sala de arte de Cinépolis, la Casa de arte de Cinemex), sin importar si se trata de la más nueva comedia de Wes Anderson, o de un drama social mexicano premiado en festivales, como Mano de obra.

Esta ambigüedad del término se extiende incluso a las plataformas de streaming. Basta buscar “cine de arte” en Netflix, y en los resultados encontraremos películas tan variadas como La balada de Buster Scruggs (una comedia western), Historia de un matrimonio (un drama doméstico) y Perdí mi cuerpo (un drama animado con elementos de fantasía).

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Hasta aquí, sin duda, ya parece un término tan arbitrario como ambiguo, pues por alguna razón, la lógica de la clasificación por géneros no aplica para la misteriosa categoría de “cine de arte”. El término mismo tiene problemas, pues si hay un cine considerado “de arte”, implica la existencia de otro que no lo es. Para complicar las cosas, basta recordar que el cine es coloquialmente llamado “el séptimo arte”, no importa si hablamos de Michael Bay y sus Transformers, o de Stalker, de Andréi Tarkovski.

A estas alturas vale preguntarnos, ¿qué es el cine de arte, exactamente? ¿Se aplica únicamente para esas películas tan impenetrables que nadie entiende? Podemos comenzar explorando la relación entre el arte y el cine, una simbiosis que existe desde que este último nació.

¿Qué relación hay entre el cine y el arte?

Para entender la misteriosa noción del “cine de arte”, hay que comenzar por el principio: el arte. En sí mismo, esto ya es una cuestión tan amplia y compleja, que ha corrido muchísima tinta al respecto durante siglos. La definición de arte ha cambiado muchas veces a lo largo de la historia, variable según la época y sus artistas. Sin embargo, un buen punto de partida es lo que plantea el teórico y crítico de cine, James Monaco, quien en su libro How to Read a Film plantea que el arte, esencialmente, busca describir el universo y el lugar de la especie humana en él.

Sin embargo, hay que destacar a la Revolución Industrial como un periodo cuyas innovaciones aceleraron el ritmo del mundo, de la economía, del intercambio cultural y de los avances tecnológicos. Fue precisamente la tecnología para grabar sonido e imágenes (y para reproducirlos) lo que marcó uno de los parteaguas más significativos para el arte. El celuloide (fundamento de la fotografía y del cine por extensión) permitía capturar imágenes con un realismo y velocidad que hicieron obsoleta a la pintura clásica. En consecuencia, ésta y otras artes comenzaron a alejarse de las normas tradicionales del clasicismo, para buscar nuevas técnicas y motivaciones.

Esas innovaciones en el arte condujeron a un punto mejor expresado por una vieja máxima: “todas las artes aspiran a la condición de la música”. Es decir, que aspiran a la capacidad de transmitir un mensaje estético de forma puramente abstracta.

Al convertirse dicha abstracción en la norma, cada disciplina artística emprendió la búsqueda por su propio lenguaje. Por otro lado, nació el arte conceptual, que defendía la primacía de las ideas sobre la técnica e incluso sobre la obra de arte misma. El movimiento artístico del dadaísmo y la obra de Marcel Duchamp son claves para entender esta transformación en el arte (recomendamos ver el documental Marcel Duchamp: The Art of the Possible para una introducción al tema).

Con este brevísimo resumen, podemos concluir que el arte abarca las formas de expresión creativa del ser humano con distintos fines, desde darle sentido al mundo, al goce del arte en sí mismo. Tanto puede comunicar ideas, como puede perseguir la belleza pura para evocar emociones. Sin embargo, hay que tener siempre en cuenta que, tanto esta definición como lo que se considera arte en sí, es algo tan subjetivo y cambiante con el tiempo, que es prácticamente imposible llegar a una definición única y “correcta”.

Pero volvamos al cine. Aunque aún se debate la fecha de su “cumpleaños” (algunos atribuyen sus orígenes al kinetoscopio de Edison, o incluso a otros inventos previos), a menudo se cita el 28 de diciembre de 1895 como la fecha “precisa”. Ese fue el día en que los hermanos Louis y Auguste Lumière llevaron a cabo la primera demostración pública de su invento, el cinematógrafo, en el Salón Indio del Gran Café de París, con el histórico cortometraje Salida de la fábrica Lumière en Lyon.

Esto quiere decir que el cine ni siquiera lleva un siglo y medio de existencia en la cultura humana, contrario a la pintura, la arquitectura, la danza y otras disciplinas. El nuevo invento (al que, irónicamente, el propio Louis Lumière no le auguraba ningún futuro más allá de ser una mera curiosidad de feria) construyó su identidad poco a poco, nutriéndose de otras manifestaciones artísticas en una dialéctica donde éstas alimentaron al cine y, al mismo tiempo, la existencia de éste influyó en las otras.

Entonces vemos que, en sus inicios, el cine y el teatro siempre dialogaron de forma cercana. Antes de que se descubriera la posibilidad de mover la cámara de su lugar, o de cortar y pegar película para contar historias simultáneas o intercalar planos (el montaje o edición), el cine no era otra cosa sino teatro filmado. Por mencionar uno de los casos más conocidos, basta ver las primeras películas de Georges Méliès (director de Viaje a la luna):

Con el tiempo, el cine comenzó a contar historias más elaboradas, asemejándose a la literatura. Aún en el periodo mudo, las películas eran proyectadas con música en vivo, y ya ni hablar de los grandes compositores y orquestas que hoy se involucran en su producción, ni de los musicales y sus majestuosas coreografías de danza. Con la llegada de la película a color y la evolución de su propio lenguaje, el cine tomó más prestado del arte pictórico, y así sucesivamente. Eso es lo que ha llevado a algunos a afirmar que el cine es el “arte total” (“Gesamtkunstwerk”) término que el compositor Richard Wagner utilizaba para referirse a la obra que abarcaría a todas las demás artes.

Así, sería fácil afirmar que no hay un solo cine de arte, sino que todo el cine es arte. Pero hay que analizar la cuestión todavía más, pues no es tan sencillo. Hay que tener en cuenta que, aun con sus aspiraciones artísticas, el cine nació como un producto industrial, y que su viabilidad comercial se origina en su condición de espectáculo de masas.

El cine: el incómodo lugar entre el arte y el espectáculo

Lo dicho, el cine es también un producto industrial, inseparable de la tecnología que le da vida, que se requiere para crearlo y para mostrarlo al gran público. Aunque no era así en sus orígenes, hoy en día la producción de una película implica a guionistas, camarógrafos, iluminadores, actores, diseñadores de vestuario, incluso animadores y especialistas en efectos especiales digitales.

La tecnología abre nuevas posibilidades creativas para el cine, pero eso implica mayor complejidad en su elaboración… y costos. La posibilidad de mostrar una sola película a grupos grandes de gente a la vez fue lo que dio origen a las salas de cine, y a la industria cinematográfica como negocio. Y las industrias, como sabemos, deben optimizar sus recursos para generar ingresos. Para ello, deben “ir a lo seguro”, a lo que se sabe que funciona: las fórmulas.

O en el caso del cine, esas fórmulas se conocen como géneros cinematográficos. Conforme el cine fue explorando sus diversas vertientes narrativas y visuales, en industrias como Hollywood se comenzó a clasificar cada producción según sus características, las historias que contaban y los personajes que las protagonizaban. Las películas fueron etiquetadas como dramas, comedias, de terror, musicales, westerns, y varios más. Esto hacía fácil su manufactura, desde el guion hasta la producción, para asegurar su rentabilidad.

¿Esto significa que el cine de arte es el cine no comercial? No exactamente. En una charla sobre salas alternativas de cine (precisamente las más proclives a programar las películas que no son propias de las cadenas comerciales), el propietario de uno de estos espacios dijo: “se confunde lo cultural con lo comercial, haciéndolo parecer como que están peleados, aunque no sea así”.

Un gran ejemplo de ello es Parásitos, la película dirigida por el surcoreano Bong Joon-ho. Se trata de una propuesta con una propuesta visual compleja y un argumento que presenta reflexiones sobre las diferencias de clase social. Lo mismo tuvo un envidiable paso por festivales de cine (obtuvo la Palma de Oro en Cannes) y arrasó en los Oscar 2020 (cuatro estatuillas, incluida Mejor película), como tuvo un excelente desempeño en la taquilla internacional.

¿Qué es el cine de arte, entonces?

Como ya dijimos, los géneros cinematográficos tienen ciertas normas a las que, en términos generales, se ajustan las películas para encontrar un público y, si todo sale bien, generar ganancias. Estas fórmulas se han replicado por décadas porque son efectivas para lograr ese objetivo. Así, aunque las separen décadas e incluso países, películas como el clásico hollywoodense Mujer bonita y a la mexicana Tod@s caen encajan en el molde de las comedias románticas, en términos muy amplios.

Sin embargo, el que existan fórmulas y reglas en los géneros cinematográficos, no significa que no puedan hacerse películas fuera de ellas. Bien dicen que las reglas están para romperse, y no han sido otra cosa sino dichas rupturas las que han impulsado al cine y al arte hacia adelante. Donde los Lumière no vieron más que una atracción pasajera, Georges Méliès vio un mundo de posibilidades para llevar su magia a un nivel radicalmente distinto.

El cine de arte, como el arte en su totalidad, tiene otras intenciones expresivas, más allá de sólo generar dinero (aunque no es algo mutuamente excluyente). Como mencionamos anteriormente, su objetivo puede ser contribuir a explicar el mundo en que vivimos, dar sentido a nuestra realidad, transmitir emociones profundas o, simplemente, perseguir la belleza por la belleza.

Para lograr eso, una película puede partir de las normas de un género establecido y romper con ellas por completo. Cineastas como David Lynch suelen despojarse de toda lógica narrativa convencional para contar sus relatos como si fueran sueños (Terciopelo azul inicia como un thriller criminal, pero tiene sus peculiares pasajes pesadillescos). O también está Andréi Tarkovski, conocido por un estilo cinematográfico de ritmo contemplativo y argumentos densos sobre temas como la memoria y la fe (Stalker: La zona y Sacrificio son dos ejemplos).

Este tipo de cine, por sus ambiciones expresivas tan alejadas de lo convencional, a veces tiene que operar fuera de un sistema comercial, en el terreno independiente. Esto en sí mismo implica otras complejidades: sí, el cine de arte frecuentemente es independiente. También se le asocia con los términos de cine de autor, cine de culto, cine experimental y cine de festivales, que si bien no son excluyentes entre sí, tampoco son la misma cosa.

Y algo muy importante a considerar es que, como toda obra de arte, la lectura y apreciación de esta clase de películas puede ser algo muy subjetivo. La discusión de qué se considera cine de arte y qué no, es tan vieja como el arte mismo.

Lo importante cuando hablamos de cine de arte, es que este exprese algo que se quede con nosotros, más allá de brindar un entretenimiento mundano durante un par de horas. Debe hacernos reflexionar sobre el sentido de la existencia humana (o carencia del mismo). Debe poder llevarnos a los recovecos más oscuros de la locura, del amor, de la violencia, revelar los horrores y misterios del universo.

O en palabras de la escritora Maria Popova: “este es el poder del arte, el poder de trascender nuestro propio interés, nuestro zoom solipsista sobre la vida, y relacionarnos con el mundo y con los demás con más integridad, más curiosidad, más sinceridad”.

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