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‘Observar las aves’: filmar para no desaparecer

Dirigida por Andrea Martínez Crowther, ‘Observar las aves’ retrata el deterioro de una mujer por el Alzheimer

Lalo Ortega   |  
26 septiembre, 2022 2:57 PM
- Actualizado 27 septiembre, 2022 4:46 PM

¿Para qué filmamos (o grabamos videos) caseros? “Para preservar los recuerdos”, sería la respuesta automática. Guardar en imagen esos pedacitos de memoria a los que siempre podremos volver cuando nos llegue la nostalgia. Pero Observar las aves –en cines mexicanos desde este 22 de septiembre– plantea un objetivo más profundo para el acto de recoger imágenes.

En la película, dirigida por Andrea Martínez Crowther (directora de películas como Ciclo o Cosas insignificantes), una mujer llamada Lena Daerna nos mira directo a la lente de la cámara y nos anuncia que no es cineasta, pero que ha decidido hacer una película. ¿El motivo? Seis meses atrás fue diagnosticada con la enfermedad de Alzheimer. Sabiendo que le queda poco tiempo a su mente, decide comenzar a registrar su día a día, sus vivencias, sus recuerdos y su declive.

Observar las aves nos plantea que filmar no sólo es un acto para inmortalizar a otros. Que filmamos para no desaparecer, para tener fragmentos de memorias a los cuales aferrarnos cuando ya no podamos recordarlos por nosotros mismos.

El metraje se construye, en resumidas cuentas, por el trabajo de la protagonista para filmarse, comprando cámaras, experimentando nuevas cosas y lidiando con dos hijos adultos, cada uno con diferentes actitudes hacia su enfermedad y su experimento.

Observar las aves
Lena se filma sola… hasta que ya no puede (Crédito: D-Raíz Producciones)

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En ese sentido, salvo por algunos destellos románticos del pasado capturados en video, la película emplea un estilo de cine directo para su desarrollo, lo que le da cierto aire de autenticidad.

Pero sucede algo curioso con cómo la directora encuadra la historia, que tiene un efecto contrario.

El doble distanciamiento de Observar las aves

“Es curioso mirar la vida a través de una cámara”, reflexiona Lena durante el primer tercio del metraje. “Se impone una cierta distancia”.

Se trata de una de las verdades inevitables del cine. Incluso despojándose de los artificios de las producciones más convencionales, hasta en el cine directo hay decisiones selectivas: qué se filma, con qué encuadre, desde qué ángulo, qué se incluye en el montaje. Lo que vemos en pantalla producirá ineludiblemente dicho distanciamiento de la realidad, aunque sea pequeño. Pero eso no excluye preservar algún grado de autenticidad.

En cierto punto de Observar las aves, Lena se percata de que su deterioro mental le evitará completar la película. Entonces decide contratar a una directora de cine, “Andrea”, para que la termine cuando ella no pueda. Lena la elige a ella pues su madre padeció la misma enfermedad, y la cineasta teme sufrir el mismo destino. “Se siente diferente cuando alguien más está detrás de la cámara”, le dice en el primer día que le ha cedido el control del rodaje.

“Andrea” resulta ser la propia  Andrea Martínez Crowther, directora de la película, cuya madre también tuvo la enfermedad de Lena.  “A los 43 años estaba convencida de que desarrollaba el Alzheimer, al igual que mi madre”, explica la cineasta. “Si es así, quiero hacer una última película que sea una celebración de la vida. Mi fascinación por la línea ambigua entre el documental y la ficción me llevó a desarrollar la historia de Lena (interpretada por quien en realidad es la artista Bea Aaronson)”.

Observar las aves
Observar las aves se vuelve un trabajo ficticio entre su protagonista y su directora (Crédito: D-Raíz Producciones)

En pocas palabras, Observar las aves es encuadrada como un falso documental, un recurso que puede resultar fascinante por sí mismo. Pero aquí, opera en detrimento del impacto emocional del metraje. La ilusión puede perdurar sin este conocimiento, pero es extraño como un ejercicio hecho a conciencia.

Hay un doble distanciamiento una vez que sabemos que lo que vemos es una representación. Pueden verse las costuras: Aaronson hace un gran trabajo (especialmente en los momentos finales del largometraje), pero es muy evidente que algunas de las escenas son todo menos espontáneas. La emoción –y nuestra empatía– se diluye en la simulación.

¿Deberíamos esperar un documental sobre el deterioro verídico de una paciente con Alzheimer? Los hay, pero habría que cuestionar si esa veracidad no sacrifica la dignidad por la emotividad. Andrea Martínez Crowther opta por una actuación. “A veces, las historias se tienen que contar a dos voces”, dice ella misma en algún punto de la película. ¿Pero de quién es la segunda voz, que opaca tanto a la primera?

Observar las aves, pues, es cuestionable en objetivos como ejercicio fílmico. Quizá es un exorcismo personal por parte de su directora, aunque también hay una valentía notable en ello. Debe reconocerse no sólo el hecho de que filmó algo que reabre heridas pasadas, sino que también la enfrenta con un miedo latente a su propio abismo. Hay belleza y valor en ello.

Observar las aves está en salas de cine mexicanas. Para saber más de la película, ver el tráiler o comprar boletos, entra a este enlace.