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‘Sanctorum’: el fin del mundo ya está aquí

Estrenada tres años después de su presentación en el Festival de Morelia, ‘Sanctorum’ presenta una visión de la injusticia social entre el documental y la fantasía

Lalo Ortega   |  
22 septiembre, 2022 10:19 AM
- Actualizado 29 septiembre, 2022 10:35 AM

¿Por qué nos refugiamos en la fantasía de los mitos? Tradicionalmente, estos nos sirven para darle algo de sentido a lo inexplicable. Pero en Sanctorum –que finalmente llega a salas de cine mexicanas–, los mitos parecen estar en el lugar abstracto y contradictorio entre una condena y una esperanza.

El largometraje dirigido por Joshua Gil –presentado en el Festival de Venecia y premiado en el de Morelia– nos traslada a lo remoto de la sierra oaxaqueña, donde ancianos, mujeres y niños deben sobrevivir por el cultivo de marihuana, atrapados entre la violencia ejercida por los narcotraficantes y la corrupción (o indiferencia) del ejército mexicano.

Esta realidad social ha sido ampliamente abordada por la cinematografía mexicana con grados diversos de sensibilidad, cayendo en sitios que van desde la explotación sensacionalista hasta la poesía más empática. Pero Sanctorum es una criatura distinta, que mira con sobriedad al cosmos y, desde el realismo mágico, nos habla de muerte, revolución y de ilusión por el porvenir.

La película deja manifiestas sus raíces en la fantasía desde el inicio, con imágenes surreales de cielos estrellados infinitos, o con la poesía amarga de un río que se tiñe de rojo. Los campesinos hablan (en lengua ayöök, empleada por los actores no profesionales de la película durante casi todo el metraje) sobre el augurio de un ominoso sonido que parece venir del cielo.

Sanctorum
El encuentro entre el vasto cosmos y la mortalidad de la Tierra (Crédito: Parábola Cine y Distribución)

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Poco a poco, desde una óptica estéticamente más cercana al documental, somos partícipes de lo que viven: madres con sus hijos trabajando en los sembradíos de marihuana, bajo la constante vigilancia criminal. Un maestro que enseña a sus niños sobre la Revolución Mexicana y sobre el significado de la regeneración. Campesinos que lamentan verse atrapados entre un gobierno que los criminaliza y narcotraficantes que los utilizan (“tomo lo que me da la tierra”, dice uno).

Sanctorum visibiliza la problemática sin caer en el tremendismo, pero sin obviar la crueldad de quienes ejercen la violencia con una impavidez rutinaria. Gil la retrata con una distancia que no explota el sufrimiento sino todo lo contrario: es fría como la mirada de una deidad indiferente.

En Sanctorum, no queda más que destruirlo todo

Excepto que las deidades de esta película –o como se llame este poder superior– no están ausentes. Son una presencia constante y ominosa, no necesariamente benevolente pero tampoco pasiva. Pueden, por ejemplo, escuchar a un niño que pide por su madre desaparecida.

Llegado el desenlace, sabiendo lo que sabemos, la condena de la intervención divina no sólo parece inevitable, sino también la única posibilidad. Es el destino tan siniestro como liberador que se intuye por la sentencia de “lo primero que se irá será el miedo”.

Sanctorum
Una comunidad decide defenderse (Crédito: Parábola Cine y Distribución)

Porque Sanctorum, con su trama más bien escueta, atmósfera aciaga e imágenes portentosas, no nos habla de un apocalipsis planetario, sino de los cataclismos locales y pequeños, pero no por ello insignificantes. De los mundos condenados a morir por la crueldad de unos, por la corrupción y mezquindad de los poderosos.

Claro que puede criticarse ese halo de exotismo hacia la cultura que retrata, y algunos no apreciarán esa cierta vaguedad en su narrativa. Pero en un país en el umbral de abrazar la militarización a pesar del rastro de sangre a su paso, el trasfondo de Sanctorum es tan esperanzador como desolador. Quizá no haya más alternativa que el fin de todo, sea o no por intervención divina.

Sanctorum ya está en salas de cine mexicanas. Para saber más sobre la película, ver el tráiler o comprar boletos, entra a este enlace.