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‘Carter’ (o cómo Netflix pagó por una mediocre película de plano secuencia)

‘Carter’, de Netflix, es una película de acción que se desarrolla como una serie de planos secuencia

Lalo Ortega   |  
9 agosto, 2022 2:24 PM
- Actualizado 18 agosto, 2022 9:43 AM

Hay una cierta fascinación con los planos secuencia en el cine. Es comprensible: independientemente de los motivos para ello, realizar tomas tan largas requiere de un elevado dominio técnico en cuanto a fotografía, coreografía y dirección que, por sí solo, es digno de admiración… si se hace bien. Carter, película surcoreana que llegó a Netflix el pasado viernes 5 de agosto, es la más reciente producción con esas aspiraciones.

Y decimos aspiraciones porque, hay que decirlo, la nueva película del cineasta surcoreano Jung Byung-gil (La villana) no alcanza otra cosa más que eso: ambiciones. En efecto, está filmada como una serie de planos largos en sucesión. Pero contrario a, digamos, la oscarizada 1917 (quizá su referente más próximo), los cortes están disfrazados de una forma tan groseramente torpe, que la película provoca una sensación de latigazo desde los primeros cinco minutos de sus más de dos horas de duración total.

El plano secuencia es digno de admiración si se hace bien. Carter, lamentablemente, se queda extremadamente lejos de esas notables ambiciones, logrando ser apenas una sucesión de caóticas imágenes apenas soportables de ver.

Carter, de Netflix
Carter sólo cuenta una serie de combates y persecuciones (Crédito: Netflix)

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Es la clase de película que da pie a preguntarnos, ¿por qué hacer una película en plano secuencia (real o simulado) en primer lugar? ¿Qué valor hay en ello? Vamos por partes.

¿Qué es un plano secuencia?

Partamos de que la unidad más básica del lenguaje cinematográfico, es el plano, o lo que conocemos coloquialmente como “toma”. Un plano refiere, sencillamente, al espacio filmado en relación a la figura humana (para diferenciar, “toma” se refiere a las veces que se inicia y frena la filmación de un plano).

Hay diferentes tipos de planos, según la posición y ángulo de la cámara en relación al sujeto filmado. Puede durar desde una fracción de segundo hasta varios minutos, y sus límites son determinados por el corte u otra transición hacia otro plano.

Una cadena de planos, situados en un mismo espacio y tiempo, componen una escena. Entonces, si sumamos varias escenas sobre una misma acción o temática (aunque sea en espacios distintos), tenemos una secuencia.

Por lo tanto, un plano secuencia es un plano que, por su larga duración, abarca toda la narración de una o más secuencias, sin cortes. Es por ello que coloquialmente (y en algunos otros idiomas) se les conoce como “tomas largas” (long takes, en inglés).

Existen películas que se componen por varios planos secuencia. Muy pocas, como El arca rusa  (2022) de Aleksandr Sokúrov, o El atentado del siglo: Utøya (2018) están realizadas en uno solo (de aproximadamente 90 minutos cada una, en ambos casos).

Hay otras películas, como La soga (1948) de Alfred Hitchcock o la ya mencionada 1917 (2019), que “disfrazan” los cortes entre sus múltiples planos secuencia, para hacer parecer que toda la acción y el rodaje transcurren de manera continua.

¿Para qué hacer un plano secuencia?

Hitchcock decidió filmar La soga inspirándose en la obra teatral homónima, que transcurría en tiempo real y sin interrupciones entre las 7:30 y 9:15 de la noche.

Más adelante, como el propio director contó a François Truffaut para el libro El cine según Hitchcock, se dio cuenta de que el concepto era “completamente estúpido”, porque “rompía con todas mis tradiciones y renegaba de mis teorías sobre la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar visualmente una historia”.

El director británico eventualmente recapacitaría, pues a pesar de esta cualidad de “teatro filmado”, el plano secuencia contaba con un “montaje previo” en los movimientos de la cámara y de los actores. Aún era posible intercalar diferentes tipos de plano gracias a estos movimientos, para así contar la historia y crear tensión. La diferencia, claro, está en la sensación de inmediatez al ver la acción desenvolverse en “tiempo real” ante nuestros ojos.

Al marcar un cambio entre planos, el corte supone una forma de dirigir la atención del espectador hacia una nueva imagen o un nuevo punto en el espacio. Pero también supone un “descanso” visual: la imagen cambia, la tensión se libera o se reorienta.

Por el contrario, los planos prolongados requieren una atención continua. Bien utilizados, sin embargo, generan tensión narrativa de maneras que no son posibles con el montaje tradicional.

Por ello, durante buen tiempo, la utilización de planos secuencia muy prolongados ha sido reservada al cine de autor o a películas experimentales. Pero, como escribe Erick Grode para The New York Times, su creciente popularidad en el mainstream es “un aleccionador recordatorio de la temporalidad, una marca de virtuosismo profesional, un desafío autoimpuesto, o todas a la vez”.

En otras palabras, el plano secuencia funciona, por un lado, como una forma de atrapar al espectador en la narrativa de forma singular. Sin embargo, también es cierto que la técnica puede ser empleada como mero instrumento de vanidad, más que ser un instrumento estético o narrativo legítimo y justificado.

Para acercarnos más al territorio de Carter, hay que decir que el plano secuencia ha sido utilizado efectivamente en el género de acción. Franquicias como John Wick son conocidas por su extensiva utilización de planos prolongados, enfatizando la brutalidad de la acción. Esto, claro, requiere un dominio de la cámara y de la coreografía prácticamente virtuoso. De lo contrario, la acción se vuelve enredada, difícil de seguir, y la atención del espectador se pierde.

En el cine de acción, el uso de planos secuencia bien podría verse informado por la estética de los videojuegos, que son diseñados, precisamente, para atrapar a los jugadores en narrativas sin fragmentar. En años recientes, uno de los ejemplos más destacables es el de Hardcore: Misión extrema (Hardcore Henry), que fue filmada con cámaras GoPro en perspectiva subjetiva, para replicar el aspecto de los videojuegos de disparos en primera persona (First Person Shooter).

Por qué Carter, de Netflix, es una película de plano secuencia fallida

Hasta ahora, hemos visto por qué emplear planos secuencia puede ser una buena idea. También hemos mencionado cómo algunos de los mejores casos de ello han “disfrazado” lo que son, y hemos dicho que la técnica puede volverse un mero recurso de vanidad. Carter no justifica la utilización, no disfraza ni remotamente bien sus cortes y peca flagrantemente de lo último.

La película, de entrada, tiene serios problemas desde su concepción: el guión. La historia trata de un hombre (Joo Won) que despierta en un cuarto de hotel, ensangrentado y sin recordar quién es. A través de un dispositivo instalado en su oído, la voz de una mujer lo llama “Carter” y le dice que tiene la misión de salvar a un científico y su pequeña hija, ambos desaparecidos. Esto porque ellos podrían ser la única solución a una epidemia que está devastando a Corea del Norte y Corea del Sur, convirtiendo a sus habitantes virtualmente en zombis.

La trama ya es lo suficientemente difícil de explicar en unas líneas, pero no mejora conforme avanza la película. El guión, coescrito por el director y por Jung Byeong-sik, ataca demasiadas subtramas. Intenta, al mismo tiempo, desenvolver una intriga de complots entre gobiernos internacionales, una epidemia zombi (a lo Guerra Mundial Z), así como el misterio de identidad de su protagonista (como la saga Bourne) que combate hordas de enemigos (estilo John Wick).

Y para ese objetivo, arroja demasiados hilos y pistas de manera dispersa, a veces sin llevarlos a término. Para cuando corrían los créditos de Carter, no me había quedado claro qué país estaba detrás del complot. Y cuando por fin averiguamos la identidad de Carter, ya estábamos casi en el desenlace: demasiado tarde para que importara.

Crítica de Carter, de Netflix
El protagonista de Carter padece un serio caso de identidad desconocida (Crédito: Netflix)

Si la historia es poco interesante o difícil de seguir, la acción no puede fallar. Sin embargo, el director Jung Byung-gil entrega una producción tan visualmente caótica y técnicamente mediocre, que no podría culparse a nadie por dejar de ver a los 10 minutos, simplemente por culpa de la sensación de latigazo tan chocante que provoca.

Después de unos competentes cinco minutos iniciales, Carter es invadida por un exceso de movimientos de cámara innecesarios, coreografías poco inspiradas, violencia gratuita y efectos visuales de nivel amateur. Los cortes son groseramente evidentes, demasiado fáciles de identificar detrás de los bruscos zooms, los borbotones de sangre insertados digitalmente, por no hablar de la cruda aceleración y desaceleración de los fotogramas por segundo.

Lo cual habla de una de dos cosas: de un bajísimo presupuesto, o de una abismal falta de planeación bajo una dirección incompetente. Quizá son ambas a la vez, pues el producto final parece más afín a una película de YouTube hecha por un director aficionado financiada con sus salarios. Por eso resulta tan impactante: Jung Byung-gil no es ninguna de esas cosas. Su película previa, La villana, es una muy bien lograda propuesta de acción.

No está claro cuál fue el costo de producción de Carter, pero lo impresionante es que la película fue parte de una masiva inversión de  500 millones de dólares por parte de Netflix en contenido creado en Corea del Sur (hogar de la exitosísima serie El juego del calamar). Tal como El hombre gris (estrenada hace un par de semanas), supone otro caso en que la compañía invierte cantidades millonarias en contenido que es muy promedio en el mejor de los casos, o mediocre en el peor.

Lo que pasa a demostrar que más no siempre es mejor. No hacen falta drones girando por todos lados para filmar persecuciones o combates trepidantes en planos secuencia. Corea del Sur ha dado la muestra de ello: sólo hace falta ver el brillante combate en el corredor de la clásica Oldboy, de Park Chan-wook. Una gran coreografía bien diseñada, una cámara que se mueve de lado a lado, y el resultado es mejor que los 132 minutos completos de Carter.

Incluso la propia Netflix ejecutó una idea similar de forma satisfactoria. Su serie de Daredevil también tiene una lucha en un corredor. La secuencia se mantiene, a la fecha, como una de las mejores que hayan salido de una producción con el sello de Marvel.

Para bien o mal, Carter inició la semana como la tercera película más popular de Netflix (desplazando a El hombre gris más lugares hacia abajo, a dos semanas de su estreno). Si se mantiene por más tiempo y atrae más suscriptores a la plataforma, Netflix habrá logrado su objetivo. Por lo mientras, debe decirse, es una de las películas más técnicamente deficientes de 2022, y una que haríamos bien en evitar si valoramos dos horas de nuestro tiempo.

Carter está disponible en Netflix. Si quieres saber más sobre la película, ver el tráiler o encontrar el enlace directo para verla, entra aquí.