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‘Noche de fuego’: hallar la verdad entre el documental y la ficción

Presentada en Cannes, ‘Noche de fuego’ es la primera película de ficción de Tatiana Huezo.

Lalo Ortega   |  
17 septiembre, 2021 3:36 PM
- Actualizado 24 septiembre, 2021 11:51 AM

A partir de su presentación en el pasado Festival de Cannes –donde mereció la Mención especial de la sección Una Cierta Mirada–, buena parte de la conversación mediática alrededor de Noche de fuego se ha enfocado en que es el primer largometraje de ficción de su directora, Tatiana Huezo, conocida por sus dos películas previas, los documentales El lugar más pequeño y Tempestad.

Como espectadores, podemos pensar que la diferencia entre el documental y ficción es, superficialmente, que una cuenta historias del mundo “real”, contra historias de un mundo inventado de la otra. Para Huezo, sin embargo, esa diferencia sólo se reduce a la producción misma.

“La enorme diferencia entre el documental y la ficción, es que hay que crearlo todo”, dijo la directora en la conferencia de prensa para el estreno en México de la película. “No veo la línea. Mis películas han sido un proceso de experimentación, de poner en práctica muchos mecanismos que tienen que ver con la ficción, en el documental”.

Independientemente de la clase de película, el encuadre y el montaje cinematográfico son, a final de cuentas, un proceso selectivo (“¿dónde colocar la cámara? ¿qué queda en el corte final y qué queda fuera?”) que utiliza la materia prima del cine, la realidad, y la fragmenta en una mentira que nos hipnotiza desde la pantalla.

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O como lo expresó el cineasta austríaco, Michael Haneke: “el cine es 24 mentiras por segundo al servicio de la verdad, o al servicio del intento por encontrar la verdad”. Documental y ficción, pues, serían dos caminos distintos que intentan llegar al mismo destino.

El cine de Huezo, en realidad, ha trazado una continuidad temática que escapa a dicha distinción. “Una película es un viaje profundo a la piel de otro ser, a otro universo”, explica la cineasta. Los seres que habitan sus películas han visto sus familias rotas y sus hogares arrebatados por la violencia, la guerra, el crimen y la corrupción.

El lugar más pequeño y Tempestad: mostrar las cicatrices que no se ven

Dados los temas que ha abordado la directora en su filmografía, no podría culparse a nadie por pensar en un retrato que explota la violencia y el dolor de sus protagonistas. Se trata, guste o no, de uno de los vicios de la cinematografía mexicana.

Para comenzar a describir las películas de Huezo, su sutileza sería un buen punto de partida. El dolor y la violencia, en sus formas más descarnadas y morbosas, jamás hacen acto de presencia. Sus protagonistas sí aparecen –a cuadro o fuera de él, con sus voces–, pero no estamos ante documentales que recopilan testimonios de meras cabezas parlantes.

En El lugar más pequeño, su primer largometraje, Huezo retrata a los habitantes del pueblo salvadoreño de Cinquera, cuyos habitantes regresan a reconstruirlo y retomar sus vidas, luego de que fueran desplazados por la Guerra Civil.

Son retratos impactantes, pero dignos. Sus memorias, enunciadas por ellos mismos, hablan de hijos, padres y hermanos perdidos a manos de la guerra. Son historias crueles, pero la directora encuentra poesía en ellas por medio de la imagen: los relatos son yuxtapuestos con imágenes de sus vidas nuevas, en las que persiste la melancolía, pero también las alegrías cotidianas. 

En Tempestad se entrelazan los relatos de dos mujeres, Miriam Carbajal y Adela Alvarado. La primera, privada de su libertad por un crimen que no cometió, prisionera en una cárcel gestionada por narcotraficantes; la segunda, payaso de profesión, busca a su hija, desaparecida por criminales.

Adela cuenta su historia y la de su hija ante la cámara, pero nunca vemos el rostro de Miriam. Tampoco hace falta. Mientras su voz siembra sus memorias en nuestra imaginación, la cámara recorre la ruta que ella siguió para regresar a casa con su hijo, cruzando el país de norte a sur. Vemos muchos de los paisajes que ella misma vio, como si recorriéramos sus recuerdos. En el camino se atraviesan otros rostros preocupados, y nos preguntamos cuántos de ellos esconden historias similares, en un país plagado por la criminalidad.

Pero lo dicho, Huezo nunca cae en la explotación miserabilista de las experiencias de sus protagonistas, sino que encuentra en su dolor una rabia silenciosa y contagiosa, dotándolas de una textura cinematográfica que roza los sueños.

Noche de fuego: la inmediatez del ahora

Por su naturaleza, Noche de fuego abre una brecha entre la historia y su narradora: se basa en la novela Prayers for the Stolen, de Jennifer Clement (titulada en México Ladydi), a su vez inspirada en tantas desapariciones forzadas y feminicidios que asolan a nuestro país. Sin embargo, se trata de una inspiración firmemente anclada en la realidad, una que hace eco en Adela, de Tempestad.

Filmada en Nieblas, Querétaro, Noche de Fuego se sitúa en el pueblo de una remota montaña de México, en un contexto de violencia del narcotráfico por la siembra de amapola. Es aquí donde Rita (Mayra Batalla) cría sola a Ana (interpretada de niña por Ana Cristina Ordoñez, y de adolescente por Marya Membreño), pues el padre hace mucho que está en Estados Unidos, en busca de mejor fortuna.

Evidentemente, aquí no hay una narración en tiempo pasado, sino que vemos los acontecimientos transcurrir frente a nosotros. No hay un montaje evocador entre la dolorosa palabra del pasado y la imagen esperanzadora del presente. Sin embargo, la cineasta demuestra su dominio para no decir lo horrible e indecible, pero aún así transmitirlo.

Al inicio del largometraje, descubrimos que una niña ha desaparecido del pueblo, y que su familia ha tenido que huir. Rita lleva a Ana por un corte de pelo, con el pretexto de evitarle piojos. La niña llora inocentemente con los cortes de la tijera, pero nosotros conocemos el verdadero motivo de la madre. Para entonces ya hemos visto las camionetas del narco y del ejército, y escuchado reportes de la corrupción de la policía. La idea es protegerla, haciéndola parecer niño.

Noche de fuego, de Tatiana Huezo
Ana Cristina Ordoñez interpreta a Ana en su niñez (Imagen: cortesía de Pimienta Films)

Contada desde la perspectiva de su protagonista, quien debe afrontar realidades adultas cuando apenas ha llegado a la pubertad, Noche de fuego se construye sobre esta clase de momentos íntimos, que sugieren los horrores del peligro al constante acecho, pero prefiriendo mostrar cómo incluso bajo esa sombra, logran florecer los lazos de amistad entre las niñas.

Así, Huezo logra mantener una consistencia estética entre esta producción, Tempestad y El lugar más pequeño, a pesar de que la inmediatez de la ficción demandaría mostrar los hechos que, en sus películas previas, sólo son hechos palabra –y a su vez transformados poesía por la yuxtaposición de la imagen–. Noche de fuego se aleja radicalmente de propuestas más explotadoras del cine mexicano (se viene a la mente la galardonada Heli, de temática similar), aunque también hay que decir que la potencia visual de su primera ficción se diluye en comparación.

Lo cual no quiere decir que Noche de fuego no sea una película auténtica: brilla en sus momentos menos artificiales, representando con fidelidad las condiciones de vida de tantas personas que subsisten bajo la influencia del crimen y la corrupción. Pueden ser historias “inventadas”, pero hacen eco en nosotros porque las hemos escuchado muchas veces ya, generalmente en las noticias… y sólo en forma de estadísticas.

Si el cine es sobre buscar la verdad, hay tanto de ella en la violencia y en la muerte sórdida, como en el sufrimiento de quienes viven y resisten. Sólo que se habla menos de los segundos.

Voltear la silla

Los niños de Noche de Fuego acuden a una escuela rural, donde un maestro les da una lección metafórica: los invita a sentarse en una silla puesta de cabeza, y ellos titubean. Una de ellas finalmente se levanta, pasa al frente, y la voltea a su posición normal para poder sentarse. La sociedad es igual, les dice. Si, como está, no sirve para lo que fue hecha, hay que voltearla.

Es una escena curiosa, porque uno de los protagonistas de El lugar más pequeño cuenta una anécdota exactamente igual, reforzando el hilo temático entre las tres películas. Reales o ficticios, sus protagonistas luchan y resisten. Algunos se resignan, eso es cierto, pero para todos, el asunto es que se debe voltear la silla.

Alguna vez otro documentalista me contó que no cree que el cine pueda cambiar el mundo por sí sólo, pero sí generar la conciencia necesaria en la sociedad para hacerlo. Para cineastas como Huezo, está claro que vale más hacerlo desde la empatía, que desde el espectáculo de la violencia.

Noche de fuego llega a salas de cine de México a partir del 16 de septiembre, puedes encontrar más información de las funciones en este enlace. Próximamente llegará en exclusiva a Netflix.