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‘Tár’, con Cate Blanchett: mierda de artista

‘Tár’ pone en tela de juicio temas como la moralidad del arte y los artistas, así como la cultura de la cancelación

Lalo Ortega   |  
29 noviembre, 2022 7:55 PM
- Actualizado 7 diciembre, 2022 9:33 AM

Podríamos encapsular la esencia de Tár –próximamente en salas de cine mexicanas– en una de sus secuencias iniciales. Luego de que se ha establecido que la compositora y directora de orquesta, Lydia Tár (Cate Blanchett) es una de las más grandes artistas vivas (y la primera mujer a la cabeza de la Orquesta Filarmónica de Berlín), la vemos impartir una clase en la Escuela Juilliard, el prestigioso conservatorio de artes en Nueva York.

Es una escena confrontativa. Lydia habla con los alumnos sobre el poder emocional e intelectual de la música, sobre la intención del artista en la obra –entendida por medio de quienes fueron en vida–, pero también de la necesidad de tomar las partituras de los grandes maestros del canon musical e interpretarlas para crear algo auténtico con lo que sea posible conectar (de otra forma, en sus palabras, el artista no es más que un “robot”).

Entonces, un alumno de piel oscura, Max (Zethphan Smith-Gneist), se niega a sentarse frente al piano e interpretar música de Bach. Su argumento es político: su identidad racial y de género le impiden establecer una conexión con un artista cuyas posturas posiblemente misóginas y antisemitas han sido ampliamente teorizadas. “No tengas tanta prisa por ofenderte”, sentencia Lydia. “El narcisismo de las pequeñas diferencias puede llevar a la conformidad más aburrida”.

El director Todd Field –en su primer largometraje en 16 años, luego de Secretos íntimos de 2006– y el director de fotografía Florian Hoffmeister optan por filmar todo el asunto en un prolongado plano secuencia, exaltando las tensiones en lo que se convierte en un diálogo sobre la separación del arte y el artista, jugando con las posiciones de los personajes en el cuadro. Conforme Max se reduce en él, los cineastas establecen el argumento de Lydia como el más contundente.

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Sin embargo, como aprendemos no mucho después, separar las carencias éticas y morales del artista de su talento y trabajo, resulta ser un argumento conveniente para Lydia. Sus decisiones sobre quiénes se quedan o se van de la orquesta tienden a estar condicionadas a favores sexuales, lo que conduce a tensiones con su esposa (Nina Hoss).

Se nos insinúa que esto es recurrente y que, en el pasado, una de tales relaciones terminó mal. Lydia ejerció su influencia para obstaculizar la carrera de otra mujer, Krista Taylor (Sylvia Flote), desatando una espiral autodestructiva en la vida de la joven. Field deja en claro que la posición de Lydia como una de las figuras más respetadas de la música en el mundo, está en contraposición directa con una cuestionable vida personal de muchos matices.

Cate Blanchett en Tár
Lydia no duda en ejercer su influencia para su propio beneficio… o dar represalias (Crédito: Universal Pictures)

Probablemente es por ello que la película se desenvuelve enfatizando más el diálogo, el movimiento y la actuación de una manera más intelectual, dejando de lado los ornamentos que apelan más a la emoción. Así, Field se sumerge en las contradicciones del mundo del arte y la cultura de la cancelación y nos invita a sacar nuestras propias conclusiones.

Tár es un tratado sobre las complejidades y contradicciones de la cultura de la cancelación, la interpretación del arte y la moralidad del artista, por vía de la fascinante inmolación de una.

Tár exhibe las paradojas y vicios del poder en el mundo artístico

“¿Quién define lo que nos emociona?”, pregunta Lydia Tár en la misma secuencia en Julliard. Es, quizá, el cuestionamiento del que se desprenden todos los otros que Field nos plantea sobre la moralidad del arte y del artista.

La compositora presenta la pregunta de forma retórica: está en desacuerdo con que artistas y músicos rechacen las obras de arte del canon con base en quienes fueron sus autores como personas. Pero la pregunta funciona también en el sentido contrario: ¿quién decide qué está en ese canon?

Para bien o mal, a siglos de sus respectivas muertes, recordamos a Mozart, Bach y Beethoven más por sus obras que por sus vidas. La protagonista, al igual que varios de los artistas (consagrados y aspirantes) en su órbita, aspira a esa condición. Sin embargo, conforme Field nos hace testigos de la destrucción a su paso, en el nombre de su arte y de sus placeres, cabe preguntarnos: ¿vale la pena? ¿Debería permitirse? ¿Hasta dónde?

Tár, con Cate Blanchett
¿Qué valor asignamos al arte y al artista? (Crédito: Universal Pictures)

Tár nos plantea que la ira colectiva en Twitter parece decretar todas esas respuestas, y el director no rehuye a las paradojas de ese hecho. La cultura de la cancelación, al menos como es retratada aquí, es más parecida a una lapidación que a un juicio justo, pero su impacto ante los vacíos de justicia en las altas esferas sociales, tampoco queda en entredicho.

La necesidad de recurrir a la cultura de la cancelación en estos casos, revela una contradicción nuestra como sociedad: si artistas como Lydia Tár son inmunes a la justicia de los mortales, suele ser porque ellos mismos los han enaltecido por medio del valor que les asignamos. ¿El arte asciende a los artistas a un Olimpo donde pueden ejercer su poder para cuestionables fines, inalcanzables a la ley y la moral?

Retomando la iniciativa de la propia Lydia sobre entender la intención del artista e interpretar la obra, ¿cuál es la intención de Todd Field, pues, como artista? Con un diseño de producción mesurado, despojado de adornos, el director deja poco espacio para las interpretaciones más allá de la concepción sontagiana: es lo que es. Como espectadores nos enfrentamos a los hechos presentados para, llegados los créditos, analizarlos con la cabeza fría.

Y quién sabe. Como proponía Piero Manzoni al enlatar sus propios excrementos: quizá le damos demasiada importancia al artista.

Tár estará próximamente en cines. Para saber más de la película, entra a este enlace.