Crítica: ‘El libro de las soluciones’ (y el capricho creativo) Crítica: ‘El libro de las soluciones’ (y el capricho creativo)

Crítica: ‘El libro de las soluciones’ (y el capricho creativo)

Inspirado en su experiencia personal, Michel Gondry hace de ‘El libro de las soluciones’ una película indulgente y dispersa. Checa la crítica.

Lalo Ortega   |  
27 junio, 2024 4:12 PM
- Actualizado 3 julio, 2024 10:11 AM

A lo largo de la historia, la creatividad artística ha sido objeto de tanta admiración como especulación y, según como se le mire, envidia y sufrimiento. Sólo unos cuantos elegidos han sido honrados con ella, o bien, afligidos con su responsabilidad. Según su más reciente película, El libro de las soluciones –en salas de cine mexicanas a partir de este 27 de junio–, el cineasta Michel Gondry (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos) padeció alguna vez por el enorme peso de sus dos facetas: una bendición y una maldición.

En el cine, la dura experiencia de ser un autor en una industria donde la visión artística tiene la misión sagrada de oponerse a los sacrilegios del mercado, los cronogramas, los presupuestos y los ejecutivos; ha sido ficcionada e inmortalizada por infinidad de películas. Notablemente, desde tiempos tan tempranos como los 60 con 8½ de Fellini, hasta El ladrón de orquídeas (con un guión de Charlie Kaufman sobre sí mismo) en los 2000, hasta tan recientemente como González Iñárritu con Bardo y Nanni Moretti con Lo mejor está por venir.

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La realidad es que, hasta en los casos más vanidosos, hay algo que decir sobre las complejidades de la creación artística: en efecto, no hemos de negar que es muy difícil navegar un mundo donde los intereses comerciales depredan cualquier atisbo de autenticidad creativa.

Lamentablemente, no es así en El libro de las soluciones. Gondry, inspirado en una de las peores experiencias de su vida como cineasta, la ficciona y entrega una película que es tan caótica, difusa e indulgente como la propia anécdota de la que toma inspiración.

El terrible don de ser artista

La trama comienza con una película que, detrás de cámaras, se ha salido de control. Su director, Marc (Pierre Niney, Un hombre ideal) no logra concluir el rodaje. Ha excedido su presupuesto y el material que ha mostrado al estudio no convence: su visión no es clara (o demasiado ambiciosa, según él). Cuando los ejecutivos del estudio deciden suspender la filmación y quitarle el control del proyecto, su productor (Vincent Elbaz) no lo defiende.

¿Qué decide hacer Marc? Salir a escondidas, desconectar todas las computadoras y discos, subirlos a un auto y escapar, junto con su editora (Blanche Gardin), hacia la casa de campo de su anciana tía (Françoise Lebrun), donde pretende terminar la película bajo sus propios términos, sin interferencia del estudio.

El problema es que Marc está, al mismo tiempo, convencido de que su visión artística es demasiado importante para ser comprometida, pero demasiado aterrado de su responsabilidad por la misma como para asumir el control, comprometerse y definir un rumbo para su película.

El libro de las soluciones
El libro de las soluciones debería ser sobre la alegría de la creatividad, pero es de una vanidad exasperante (Crédito: Nueva Era Films)

Toda la duración de El libro de las soluciones (y no es exageración) es una colección de escenas en las que Marc se va por la tangente, evadiendo la posproducción de su película. Decide someter a su equipo a un baño en el jardín para una escena improvisada. Más tarde, su atención cambia a trivialidades como documentar una hormiga, escribir el libro de soluciones creativas del título, o dirigir una orquesta (sin saber cómo) para componer la banda sonora.

Más pronto que tarde, sus colegas se frustran y se enojan, Marc explota y su mente está en las nubes. Y mientras tanto, el tiempo comienza a acabarse, con un proyecto que nunca sabemos de qué trata ni hacia dónde va. El enfoque del director está afuera: en mostrar la difícil experiencia de este director bloqueado y asustado.

De Amor índigo a El libro de las soluciones

En papel, puede ser hasta divertido: Gondry emplea su estilo visual característico, lúdico entre su lenguaje surrealista y videoclipero, que juega con los cortes para transmitir excentricidad, y disuelve el tiempo hasta que resulta imposible decir cuánto ha transcurrido. Podría, incluso, decirse que hay cierto espíritu dadaísta en su forma y en la falta de rumbo de su narrativa.

Cabe mencionar aquí que Gondry creó El libro de las soluciones a partir de su experiencia, una década atrás, filmando Amor índigo, adaptación de La espuma de los días de Boris Vian protagonizada por Audrey Tautou (Amélie) y Romain Duris (Los tres mosqueteros). Era su regreso al cine francés luego de filmar Nosotros y yo y, sobre todo, la desastrosa El avispón verde de 2011. Sin presión, pues.

Quienes hayan visto Amor índigo podrán estar de acuerdo en que fue, a la vez, su película más ambiciosa y su más caótica: es emotiva, pero difusa, fiel a su estilo surrealista singular, pero excesiva. La producción fue problemática, el resultado fracasó en taquilla, recibió respuesta mixta de la crítica y debió ser reeditada para su estreno en Estados Unidos.

“Tenía este sentimiento megalómano de estar haciendo historia”, recordó Gondry en una entrevista. Y también dijo: “Mi cerebro estaba funcionando de diferente forma. Cada idea que tenía, sin importar lo importante o pequeña que fuera, se volvió cuestión de vida o muerte. Cada pequeña idea se volvía demasiado importante. Sentí que alcanzaba una creatividad máxima”.

El libro de las soluciones
El libro de las soluciones parece más un manual de cómo ser odiado como creativo (Crédito: Nueva Era Films)

Si bien hay cosas que sí sucedieron (en efecto, Gondry estaba bajo enorme presión, se llevó a su equipo a una casa de campo y de pronto decidió filmar un documental sobre una hormiga), el director lleva las situaciones a extremos absurdos en El libro de las soluciones. Y debería resultar gracioso. Incluso podría ser un alegre y vibrante relato sobre la experiencia de ser poseído por una fuerza creativa incontenible.

Sin embargo, la falta de cohesión y rumbo acaba por sentirse como una colección dispersa de escenas sobre un cineasta dando rienda suelta a su creatividad en las formas más frustrantes, absurdas y francamente odiosas, exasperando a sus colaboradores. Niney lo interpreta como un joven hombre demasiado encaprichado con su visión al grado de permitir pensar que tiene Trastorno de déficit de atención. Pero Gondry no le da la oportunidad al personaje de percibir sus fallas personales ni su propia arrogancia creativa (fuera de los esporádicos regaños de la tía). Sólo continúa hasta que, de pronto, su película está terminada.

Así, en cierto modo, Gondry tampoco se percata de ello. Incluso si, hasta cierto punto, su película intenta ser un mea culpa, repite esta misma indulgencia creativa caprichosa. Qué difícil es ser artista. Pero más difícil, en estos casos como este, es sentarse frente a la pantalla y pretender que debería importarnos.

El libro de las soluciones ya está en cartelera. Compra tus boletos para verla en cines.