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‘Pinocho’, el remake que quería ser una película de verdad

Una vez más, la bancarrota creativa de Disney queda manifiesta con su remake en live action de su clásica ‘Pinocho’

Lalo Ortega   |  
9 septiembre, 2022 12:34 PM
- Actualizado 15 septiembre, 2022 12:28 PM

Cuando Carlo Collodi escribió Las aventuras de Pinocho (inicialmente como el serial Historia de un títere para el periódico Giornale per i bambini), se trataba de una fábula sencilla –aunque caótica y un poco sádica para nuestros estándares de hoy– con una moraleja muy al punto: los niños deben ser buenos, estudiar y esforzarse, para evitar los peligros de la desobediencia y el hedonismo.

Para el que se convertiría en apenas el segundo largometraje animado de su hoy masivo canon, Walt Disney destiló una moraleja todavía más simple de entre las dispersas –y violentas– aventuras de la marioneta. En esta primera versión de Disney, Pinocho aspira a ser un niño de verdad. Para lograrlo, el Hada Azul le indica que debe probarse como sincero, valiente y generoso.

Es una narrativa que algunos académicos (como M. Keith Booker en el libro Disney, Pixar, and the Hidden Messages of Children’s Films) consideran más alineada con la conciencia capitalista, puesto que su protagonista debe trabajar para probar su valía y ascender en estatus hacia su condición de “niño de verdad”.

Gracias a su atractivo para toda la familia y a la expansiva magia de ese capitalismo, esta versión del cuento es la más conocida en todo el mundo. Sus méritos artísticos, para la época, eran considerables: a la fecha, se le sigue considerando como una de las mejores películas animadas de la historia. Un clásico, incluso si también se trata de una de las películas más divisivas entre los fans del ratón.

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¿Para qué, entonces, rehacer un clásico? Esa pregunta resurge cada vez que Disney estrena una nueva entrega de su aparente misión por hacer remakes en imagen real (live action) de todas y cada una de las producciones en su canon animado.

Pinocho de Disney
Otro día, otro remake en live action de un clásico Disney (Crédito: Disney)

Hay muy pocas justificaciones de peso para hacer un remake. La más obvia, es cuando una película fallida es otorgada una nueva oportunidad. Pero, como sabemos, no se arregla lo que no está roto.

La segunda justificación es tecnológica: si las técnicas de la época no hacían justicia a la película original, hay quienes creen razonable rehacer la película con tecnología más novedosa. Pero, de nuevo, la versión de 1940 se mantiene como un referente de la animación clásica hecha a mano, incluso si su narración es un tanto rudimentaria.

Entonces, la tercera es la actualización: traer una historia clásica a otro contexto, para reinterpretarla con una mirada contemporánea o decir algo nuevo. ¿Qué nos dice de novedoso, si acaso algo, el remake de Pinocho? Dejemos la cuestión pendiente por ahora.

Para megacorporaciones mediáticas como Disney, hay una cuarta justificación: dar una nueva capa de pintura a una propiedad intelectual y exprimirle todavía más ganancias (específicamente en este caso, atrayendo más suscriptores a Disney+… donde también puede verse el clásico animado).

Esta parece ser la mayor –si no es que la única– motivación detrás de este remake de Pinocho, tan poco inventivo en su diseño, que su personaje titular es una calca de la versión animada, pero con unos ojos pintados, planos, sin brillo ni vida.

Un Pinocho que se enreda con los hilos de la propiedad intelectual

Para estos remakes de Disney, la devoción por los clásicos originales es un arma de doble filo. Por un lado, estos son tan queridos por el público, que las nuevas versiones prácticamente se venden solas. Pero, por otro lado, son películas tan icónicas que el estudio no se atreve a desviarse prácticamente nada de lo que el público ya conoce.

El resultado es una película que, en esencia, nos cuenta lo mismo que su predecesora: el carpintero Gepetto (aquí interpretado por Tom Hanks, con un emotividad conmovedora hasta que empieza a sobreactuar) crea una marioneta y pide un deseo a una estrella. Como resultado, el Hada Azul (Cynthia Erivo) aparece, dota al títere de vida y le asigna una conciencia en la forma de Pepe Grillo (voz de Joseph Gordon-Levitt, en una imitación de lo que Cliff Edwards hizo en la versión de 1940).

Pinocho de Disney
La historia transcurre de manera casi idéntica a la original, con adiciones innecesarias (Crédito: Disney)

A partir de aquí, el remake dirigido por Robert Zemeckis (Forrest Gump) sigue casi el mismo camino que ya conocemos por el clásico animado. Seducido por el prospecto de la fama, Pinocho se une a un espectáculo de marionetas de Stromboli (Giuseppe Battiston), escapa, intenta volver con su padre y acaba en la Isla de los juegos, vuelve a escapar y sale en busca de su padre en el mar.

Tratándose de un cineasta consagrado y de un narrador visual competente, Zemeckis entrega un producto correcto en su mayoría: los planos son generalmente adecuados para los momentos de acción y emotividad, y hay secuencias visualmente deslumbrantes (Monstro, en particular, es impresionante en esta interpretación).

Pero el guión, a cargo del propio Zemeckis y de Chris Weitz (La Cenicienta), es el que acaba enredado por las limitaciones del material original. En un afán hueco por contar algo medianamente novedoso sólo porque sí, se añaden escenas originales (incluso hay números musicales nuevos) o se prolongan otras, pero sin aportar absolutamente nada a la trama. ¿Suma algo ver cantar al cochero que llevará a los niños a la Isla de los juegos? Para nada.

Pinocho también peca del abuso de CGI que tantos otros proyectos de gran presupuesto de Disney. Por cada escena impresionante como la aparición de Monstro, hay escenarios como la propia Isla de los juegos, tan saturada de imágenes generadas por computadora que, en vez de impresionar, simplemente adormecen.

Esa secuencia, como sabemos, concluye con la espantosa transformación de un niño en burro. En su versión original, se trata de una de las escenas más escalofriantes en cualquier película de Disney, cuyo poder yace en lo que no nos muestra: sólo vemos a Pinocho completamente aterrado, mientras las sombras sugieren el horror que está sucediendo. La nueva versión opta por la vía contraria, recurriendo al CGI para mostrarnos la transformación. La escena pierde todo su poder.

Pinocho de Disney
Esto también sucede en la nueva versión, pero es más impresionante en la versión de hace 82 años (Crédito: Disney)

Hay, sin embargo, un intento por recontextualizar la historia. Aquí se nos sugiere que la razón de Gepetto para crear a Pinocho, es llenar el vacío dejado por un hijo que perdió. El viaje de la marioneta para probar su valía y ser un niño de verdad, nace de su deseo para satisfacer ese deseo de su padre.

La motivación de este cambio no es clara en un principio, y sólo comienza a asomarse cuando, al unirse a la tropa de Stromboli, Pinocho conoce a Fabiana (Kyanne Lamaya), un personaje nuevo. Su historia nunca es explicada, pero se da a entender que es un artista frustrada por la discapacidad, refugiándose en las marionetas.

El personaje no tiene el tiempo en pantalla para tener la incidencia suficiente en lo que parece ser un mensaje de aceptación. Esa intención del relato sólo es evidente al llegar una conclusión que rompe fundamentalmente tanto con el final de la versión de Disney, como con el relato de Collodi. Es tan repentina como desconcertante, pues hay muy poco a lo largo del metraje para justificarla.

Lo que sólo prueba que no hay que hacer remakes sólo por hacerlos. Tener algo realmente interesante que decir –y decirlo bien– siempre tendrá más valor a la hora de rehacer una película, que simplemente exprimir una propiedad intelectual en live action. Hay acción tan caricaturesca aquí, que cabe preguntarnos para qué hacerla así en primer lugar.

Habrá quienes se suscriban a Disney+ para ver esta versión, pero la verdad es que no tiene el afán de innovación que sí tenía la original (que también está en la plataforma). Hay más inventiva en la versión italiana que Matteo Garrone hizo hace algunos años. Vaya, hay más corazón en los dos minutos que dura el tráiler de la versión de Guillermo del Toro.

Aquí, sucede tal como en la tienda de Gepetto: todos los relojes cucú, trabajos artesanales en la versión animada de 1940, son sustituidos aquí por guiños a las décadas de personajes de Disney que han surgido desde entonces. Nada más que referencias gratuitas, vacías y cínicamente desprovistas de ingenio. No hay sinceridad aquí: el Hada Azul ha optado por dejar esta producción hueca y sin vida, como un mero pedazo de madera sin alma.

Pinocho ya está en Disney+. Si quieres saber más sobre la película, ver el tráiler o encontrar el enlace directo para verla, entra aquí.