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‘Top Gun: Maverick’ y el arte de volar sin despegar

Con ‘Top Gun: Maverick’, Tom Cruise y compañía apuestan por el espectáculo de alto calibre, con apenas algo de evolución narrativa.

Lalo Ortega   |  
25 mayo, 2022 6:37 PM
- Actualizado 3 junio, 2022 8:49 AM

Al comenzar la función de prensa de Top Gun: Maverick –que se estrena este 26 de mayo en salas de cine mexicanas–, por un momento pensé que nos estaban proyectando el clásico original de 1986. Comenzó a sonar el tema Top Gun Anthem de

Harold Faltermeyer y Steve Stevens, mientras letras blancas sobre fondo negro narraban la historia de la escuela de pilotos de élite.

Entonces, vienen las imágenes serenas del portaaviones al atardecer, que repuntan en intensidad al irrumpir la guitarra eléctrica de Kenny Loggins, con la ya legendaria Danger Zone. “Esto ya lo vi”, me dije, con el inicio de la primera Top Gun todavía fresco en mi mente (la había vuelto a ver apenas el fin de semana anterior).

Esa sensación persistió por el resto del metraje, y con buena razón: si hay algo por lo que el equipo creativo de Top Gun: Maverick no muestra remordimiento alguno, es por visitar cielos ya conocidos, en lo que claramente es un homenaje que parece calca. La única diferencia, es que la acción ahora alcanza calibres más elevados y refinados.

Igualmente estancado está el propio Pete “Maverick” Mitchell (Tom Cruise) cuando nos reencontramos con él en la trama. Ahora se desempeña como piloto de pruebas para un proyecto militar que es abruptamente cancelado. ¿La razón? Que la Armada de los Estados Unidos ahora enfocará sus recursos y esfuerzos en vehículos no tripulados, o drones. “Viene el futuro y usted no está en él”, dice el Almirante Cain (Ed Harris) cuando lo despide.

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Así, es reasignado a un lugar que conoce bien: debe regresar a Top Gun, pero ahora en capacidad de instructor, para capacitar a un grupo selecto de pilotos para una misión mortal para la que no existe ningún drone. Entre ellos está Bradley “Rooster” Bradshaw (Miles Teller), el hijo de su fallecido amigo, Nick “Goose” Bradshaw (Anthony Edwards).

Top Gun: Maverick
Ya no está Goose, pero tenemos a Rooster: un Goose 2.0 con todo y el bigote del original (Crédito: Paramount Pictures)

Y así queda puesta la mesa para un blockbuster de verano que, en su mayoría, ya habíamos visto hace 36 años: tenemos al infantiloide Maverick hecho nudos con su propia culpa (otra vez), una rivalidad entre pilotos de élite (otra vez), la idealización del combate aéreo contra una nación enemiga abstracta, y hasta la obligada escena deportiva en trajes de baño (otra vez).

Vaya, hasta está el interés amoroso pobremente escrito, al que Jennifer Connelly logra dotar con algo de complejidad por puro milagro. Eso sí, no hay rastro de Berlin y Take My Breath Away en esta ocasión, para bien y para mal.

En otras palabras, Top Gun: Maverick prefiere hacer más de lo mismo, sólo que más espectacular, algo curioso para una película cuyos personajes hablan tanto de mirar hacia el futuro (“es momento de dejar ir el pasado”, le dice a Maverick un importante personaje). Pero sucede lo contrario: viene el futuro, y estamos en él desde hace 30 años.

Top Gun: Maverick lleva la emoción a Mach 10

Pero hablemos de lo que hace bien la película dirigida por Joseph Kosinski (Oblivion: El tiempo del olvido), que es construir sobre la plantilla dejada por la original de Tony Scott. Y esto se resume en que las secuencias de los vuelos y combates aéreos son verdaderamente fenomenales. Me sorprendí a mí mismo sentado en la orilla de mi asiento durante la secuencia climática.

Es lo que hacen 30 años de avances tecnológicos: ahora es posible poner cámaras dentro de la cabina del piloto en aviones de verdad, para que el espectador quede lo más inmerso posible en la acción.

Lo siguiente, es que ésta sea lo más auténtica posible, objetivo para el cual los actores mismos se subieron a las aeronaves, lo que ha sido un punto clave en la promoción de la película (sin embargo, a pesar de la creencia popular y de la insistencia de Cruise por hacer sus propias escenas de riesgo, nadie del elenco pilotó realmente los aviones).

El resultado es que, comparada con la original de 1986, las escenas aéreas de Top Gun: Maverick no son sólo radicalmente más emocionantes, sino mucho más claras y fáciles de seguir que las de su predecesora (ayudadas por un guión que, al poner a Maverick como el instructor, permite a la audiencia entender los entrenamientos y el plan de la misión).

Top Gun: Maverick
Es indiscutible que estas escenas te tendrán al borde del asiento (Crédito: Paramount Pictures)

En otras palabras, la acción es donde la película realmente “despega”, ofreciendo una experiencia que sí merece ser vista en un cine con la pantalla más grande posible. Si tan sólo el resto del metraje no se quedara en tierra.

¿Qué hace a una gran película de verano?

Es por esa ambivalencia entre la acción trepidante y el guión mediocre, que Maverick me deja tan contrariado. Vaya, la secuela es tan parecida a su predecesora, que hasta vale la pena rescatar lo que escribió el crítico Roger Ebert por aquel entonces: “las películas como Top Gun son difíciles de criticar porque las partes buenas son realmente buenas, y las malas no tienen fin”.

La original, pues, tenía los mismos problemas. Recuerdo haberla visto por primera vez cuando tenía unos nueve años, y sabía de su reputación como un gran clásico ochentero. Pero viéndola de nuevo en preparación para Maverick, no logré entender de dónde vino su renombre.

Sin duda, las escenas aéreas debieron ser impresionantes en su momento –incluso si son algo difíciles de seguir–, y la banda sonora es memorable (vamos, ¡Danger Zone!). Pero la edición es tan torpe como su ritmo, la química entre Cruise y Kelly McGillis es inexistente, y el personaje de ésta fue tan mal escrito como lo sería el de Connelly 36 años después.

Y luego están los diálogos, tan acartonados y cursis que, paradójicamente, resulta imposible olvidarlos. Quizá Top Gun es de esas malas películas a las que el tiempo y el proverbial carácter de “es tan mala que es buena”, le otorgaron el carácter de película de culto (incluso si su rotundo éxito en taquilla rompe con el patrón).

Lo que nos lleva a tres preguntas. La primera: ¿correrá Top Gun: Maverick la misma suerte con el paso de los años? ¿Voltearemos a verla dentro de otros 36 años como un clásico blockbuster de verano, o como una película que innovó en la cinematografía aérea? El clásico de 1986 tenía una ventaja: fue la primera, en una época no afligida por la “secuelitis” hollywoodense de nuestros días.

Y ya que estamos en esas, la segunda: ¿qué constituye a un buen blockbuster de verano? En estos días, parece que el mero espectáculo audiovisual supone el único requisito para calificar como una buena película. Top Gun: Maverick cumple con creces en este apartado, y la mercadotecnia de la película parece tomarlo como la justificación para pagar el precio del boleto (promoviendo la película en Cannes, Cruise –quien también es su productor– reiteró hasta el cansancio que es una producción pensada para la gran pantalla).

Top Gun: Maverick
“Phoenix” (Monica Barbaro) es uno de los dos personajes femeninos con algo de importancia en el guión (Crédito: Paramount Pictures)

Lo que nos lleva a la tercera: ¿desde cuándo se volvieron excluyentes la espectacularidad y una propuesta narrativa medianamente original o, por lo menos, competente con las audiencias que han cambiado a lo largo de tres décadas?

Top Gun: Maverick es, sin duda, un espectáculo de la más alta manufactura hollywoodense, y una mejora respecto a su predecesora. Pero considerando que esto último no es decir mucho, cabe decir que no es una muy buena película.

Top Gun: Maverick ya está en salas de cine mexicanas. Si quieres saber más sobre la película, ver el tráiler o comprar boletos, entra a este enlace.