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‘Belfast’, con escala en ‘Roma’

Inspirada en su infancia en Irlanda durante los años 60, el director Kenneth Branagh define a ‘Belfast’ como su película más personal.

Lalo Ortega   |  
10 marzo, 2022 7:00 AM
- Actualizado 17 marzo, 2022 12:36 PM

En la filmografía del actor y cineasta Kenneth Branagh, Belfast –que llega a salas de cine mexicanas este 10 de marzo– se inserta como una anomalía. Este es un director que ha encabezado adaptaciones de Shakespeare como Hamlet, novelas emblemáticas como Frankenstein de Mary Shelley, fantasías de gran presupuesto de Disney como Thor, y blockbusters de acción como Código Sombra: Jack Ryan. Entre semejante grandilocuencia, una pequeña historia semi-autobiográfica se percibe inusual.

Se trata, como el propio Branagh ha expresado en entrevistas, de un tema personal: contar la historia del tiempo y el lugar del que viene, la capital de Irlanda durante los años 60. “El deseo de escribir algo sobre Belfast había estado conmigo desde que dejé ese lugar, supongo, porque fue toda una revolución en mi vida y de alguna manera procesarlo fue, usando un cliché, algo muy importante para mí”, dijo el director irlandés a Deadline.

La trama de la película está enmarcada por el conflicto norirlandés que inició en aquella época (también conocido en inglés como “The Troubles”), y que durante décadas enfrentó a los unionistas protestantes contra los republicanos católicos.

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El protagonista es el pequeño Buddy (Jude Hill), un niño de nueve años cuya tranquila vida se reduce a jugar libremente en las calles, estudiar, ir al cine con sus padres (Jamie Dornan y Caitríona Balfe) y pasar ratos con sus abuelos (Judi Dench y Ciarán Hinds). Sin embargo, todo cambia en 1969 durante un violento disturbio, en el que los hogares de las familias católicas en su calle son atacadas.

Kenneth Branagh
Buddy (Jude Hill, derecha) es, esencialmente, un sustituto de Kenneth Branagh (izquierda) en la película (Crédito: Universal Pictures)

La vida entonces cambia, con el vecindario encerrado entre barricadas por protección. Las tensiones entre bandos aumentan cada día más, y la familia se enfrenta al prospecto de tener que mudarse. Son temas complicados, pero Belfast es, ante todo, la historia de un niño creciendo en medio de todo eso.

El viaje monocromático a la memoria infantil

Branagh justifica rodar en blanco y negro en relación a lo que el cine a color trajo a su vida. “El blanco y negro repentinamente te da el pasado con una cualidad poética”, dijo a Deadline. Y explicó que el color de películas de la época, como El gran escape y La novicia rebelde, “expandió su conciencia”. “El color parecía llevarme por todo el mundo”.

No es a fuerzas filmar en blanco y negro para narrar el pasado, pero el recurso nos habla del enfoque personal e introspectivo que Branagh busca imprimir a Belfast. Es por ello que el director y guionista decide encuadrar la narrativa desde la perspectiva inocente del pequeño Buddy, lo que supone, al mismo tiempo, una bendición y una maldición.

El guión no obvia las complejidades e implicaciones de su momento histórico. En el barrio de Buddy viven tanto católicos como protestantes (y Buddy, de hecho, se enamora de una niña católica, a pesar de ser de familia protestante). Su padre, quien debe pasar largos periodos fuera porque trabaja en Inglaterra, se rehúsa a tomar partido y es presionado por amenazas de los unionistas. Su ausencia provoca tensiones maritales y económicas con su esposa, mientras ambos se resisten a la idea de tener que abandonar su hogar de toda la vida.

Sin embargo, el pequeño protagonista es satelital a todas esas situaciones. Sus intereses, naturalmente, están más en cosas de niños, como enamorarse del cine (uno de los únicos elementos que Branagh dota de color), conseguir dulces y pedir consejos a su abuelo para conquistar a la niña que le gusta. Estas anécdotas de simplicidad y pureza infantil son, por mucho, los mejores momentos de toda la película, cargados de una emotividad descarada, casi manipuladora.

Belfast
El color, que se desborda por la pantalla, representa el enamoramiento de Buddy –y de Kenneth Branagh– por el cine (Crédito: Universal Pictures)

Pero vista como un todo, Belfast acaba sintiéndose como pedazos extraídos de una historia más compleja, hilados por una serie de viñetas familiares agradables y reconfortantes, al son de música animada de Van Morrison. Faltan tanto cohesión como profundidad narrativa, como si Branagh tuviera prisa por exponer el contexto para llegar a los momentos más conmovedores de su largometraje.

De hecho, la primera secuencia de la película es una buena muestra de ello. Apenas podemos vislumbrar a Buddy jugando en las calles con otros niños por unos segundos, cuando comienzan los disturbios. El incidente detonante de la trama ocurre en los primeros cinco minutos, sin darnos tiempo de conocer al protagonista, a su familia o a su mundo. Somos forzados a conocerlos al paso.

El resultado es que, llegado el final, el impacto emocional se diluye. No ayuda a la causa que Branagh toma algunas extrañas decisiones formales, como filmar varios de los momentos de mayor contundencia narrativa con planos largos, inapropiadamente distantes para su intención emotiva (de nuevo, hay ejemplos de ello en la secuencia inicial).

Esta distancia de la cámara podría explicarse gracias a la fascinación de Branagh por los paisajes de su antiguo hogar, otro factor en su decisión por filmar en blanco y negro. “También me recordaba de la enormidad del paisaje de Belfast. Esas enormes grúas, [la colina] Gravehill detrás de nosotros, y todo ese mundo gris, granuloso, a menudo lluvioso, que era muy monocromático para mí”, dijo en la misma entrevista para Deadline.

Sólo que, en su afán por recrear un lugar, el director quizá sacrificó parte de su espíritu.

Belfast y la tendencia del blanco y negro

Lo que nos lleva a una de las comparaciones frecuentes de las que ha sido objeto Belfast. Por motivos tanto estéticos como temáticos –y no del todo injustificados–, Belfast ha sido comparada con Roma, del mexicano Alfonso Cuarón.

Más allá del empleo del blanco y negro, la comparación no es tan descabellada en la superficie: se trata, después de todo, de un cineasta volviendo a la ciudad y el tiempo de su infancia, para contar una historia profundamente personal, empleando como título el nombre de los respectivos lugares –la película de Cuarón hace alusión a la colonia Roma, en la Ciudad de México–. Sin embargo, más allá de eso, el paralelismo es menos meritorio. De hecho, arroja luz sobre los límites en la narración del irlandés.

El recurso del blanco y negro en nuestros días no se utiliza solamente para conjurar el pasado (como hizo con bastante éxito El artista, dirigida por el francés Michel Hazanavicius y ganadora del Oscar a Mejor película). La ausencia de color puede emplearse también para comunicar otro tipo de información visual, por medio de la composición y el movimiento.

Eso es lo hecho por Roma, una película que, con sus defectos y virtudes, está cargada de simbolismos y complejos planos secuencia que implican emocionalmente al espectador en un contexto social convulso, pero que resultarían demasiado sobrecargados de información de haber sido a color. Con películas como Ida o Guerra fría, el cineasta polaco Pawel Pawlikowski juega con el contraste y el espacio negativo para transmitir sentimientos como la soledad y el abandono.

La utilización que Kenneth Branagh da al blanco y negro se parece más a lo hecho por Wes Anderson con su nostálgica La Crónica Francesa, en la que vemos sólo algunos acentos cromáticos y escasos planos a color para resaltar momentos cruciales en las historias de sus personajes.

Belfast
“Todo ese mundo gris, granuloso, a menudo lluvioso, era muy monocromático para mí”, recuerda Kenneth Branagh (Crédito: Universal Pictures)

Sin embargo, Branagh lo hace de forma tan esporádica, que el recurso acaba por sentirse como poco más que un truco. Las imágenes monocromáticas son lindas, correctas en composición. Pero se reducen, simplemente, a una forma de evocar los días de antaño.

Sin embargo, Belfast ha resultado bastante exitosa en la temporada de premios. Con siete nominaciones al Oscar (incluidas Mejor película y Mejor director), bien podría insertarse en la ola de películas contemporáneas en blanco y negro que triunfan en los premios de la Academia.

Sólo que, hay que decirlo, es mucho menos emotiva y virtuosa que sus congéneres.

Si quieres saber más sobre Belfast, ver el tráiler y comprar boletos para verla, entra a este enlace.