critica-avatar-el-camino-del-agua

‘Avatar: El camino del agua’ es como el sombrero nuevo de Stacy Malibú

Aunque innegablemente espectacular, ‘Avatar: El camino del agua’ trae, paradójicamente, muy poco de nuevo en el apartado narrativo

Lalo Ortega   |  
14 diciembre, 2022 4:13 PM
- Actualizado 4 enero, 2023 10:24 AM

En un famoso episodio de Los Simpson, Lisa diseña su propia muñeca, Lisa Corazón de León, en un intento por luchar contra los estereotipos negativos perpetuados por la famosa muñeca Stacy Malibú. Sin embargo, el día del lanzamiento de la muñeca Lisa, todos los compradores son distraídos por un nuevo modelo de la Stacy Malibú. ¿Qué tiene de nuevo? Nada más que un sombrero, pero aún así, todos corren a comprarla. Ese fue un pensamiento constante al ver Avatar: El camino del agua (Avatar: The Way of Water), que llega a salas de cine este 15 de diciembre.

Y no se trata, claro, de menospreciar el “sombrero”. Así como la primera Avatar fue toda una revolución para las posibilidades de la captura de movimiento y de los efectos visuales para las películas “de pantalla verde”, la secuela logra otro hito tecnológico. Antes era considerado imposible realizar la famosa performance capture bajo el agua, algo que esta película hace para, al menos, dos tercios de su metraje. No es poca cosa.

Porque en Avatar: el camino de agua, situada más de una década después de que los Na’vi expulsaron a los invasores humanos de Pandora, la acción transcurre por necesidad en el océano. La humanidad ha vuelto del cielo para traer colonización y venganza, así que el enemigo público número uno, Jake Sully (Sam Worthington) debe huir con su familia hacia el mar.

Avatar: El camino del agua
La tribu Metkayina de los Na’vi está hecha para vivir en el agua (Crédito: 20th Century Studios)

Publicidad

No vale la pena hablar mucho sobre lo que viene después de eso, porque tampoco hay muchas sorpresas que arruinar. La historia de esta secuela se desenvuelve de un modo prácticamente idéntico al de su predecesora de 2009: los personajes principales deben aprender a llevar un modo totalmente nuevo de vida y a conectar con el ecosistema a su alrededor, en preparación para una nueva batalla con los humanos.

Pero como dijo Toretto: se trata de la familia

Claro que, en esta ocasión, la historia no va del enamoramiento de Jake con la vida en Pandora y con Neytiri (Zoe Saldaña). En Avatar: el camino del agua, la pareja ya tiene cuatro hijos (una de ellas, por motivos explicados en la trama, interpretada por Sigourney Weaver, ahora en rol de adolescente). También pertenece al grupo Miles “Spider” Socorro (Jack Champion), un humano nacido en Pandora que, casualmente, es el hijo del malvado Coronel Miles Quaritch (Stephen Lang) de la primera película.

A lo largo de la trama, este grupo de personajes son separados, rescatados y reunidos en varias ocasiones a raíz del conflicto con los invasores, generando tensiones y preguntas entre cada uno de ellos. ¿Cuál es el rol que debe cumplir un padre? ¿A qué deben aspirar los hijos? ¿Un hijo de otra persona –o de otra especie, incluso– puede ser familia? ¿El hogar es donde vivimos, o donde está la familia?

Avatar: El camino del agua
Jake ha formado toda una familia después de la primera película (Crédito: 20th Century Studios)

Algunas de estas preguntas reciben respuestas superficiales en el lapso de Avatar: el camino del agua, pues a pesar de su metraje capaz de desafiar a las vejigas más resistentes, son tantos personajes en la familia que jamás se llega a desarrollar bien a ninguno. Jake y Neytiri son reducidos a su rol de padres (y ella, a una madre sorprendentemente pasiva), y los niños no son definidos mucho más allá de ser los hijos de Jake y Neytiri.

No ayuda que el guión –coescrito por James Cameron y la dupla de Rick Jaffa y Amanda Silver, de Jurassic World– acaba por enfocarse, primero, en la acción. Los incidentes detonantes suelen ser las imprudencias de los hijos, así que al cabo de la primera hora y media, cabe preguntarnos cuántas veces puede meterse un niño en problemas antes de aprender la lección.

Y segundo, el guión enfoca considerables segmentos en la expansión del mundo de Pandora. La migración forzada de la familia Sully nos presenta a todo un nuevo clan acuático de Na’vi, con sus propias costumbres y ecosistemas. Una vez más, ver a los personajes explorar y adaptarse a su nueva vida da una sensación de déjà-vu respecto a la primera Avatar.

Tampoco ayuda que existen secuencias específicas que no contribuyen realmente al avance de la trama, sino que parecen prolongadas demostraciones técnicas de las posibilidades de la captura de movimiento subacuática. Un gran comercial para el nuevo sombrero de Stacy Malibú.

Pero eso sí hay que decirlo: qué maravilloso sombrero.

¿Avatar: el camino del agua es un caso de la tecnología al servicio de la historia, o viceversa?

Entre las entusiastas primeras reacciones sobre la película, luego de su premier mundial en Londres, estaban algunas que señalaban no sólo el enorme mérito técnico de la película de Cameron, sino que este estaba al servicio de la historia.

Lo primero es indiscutible. Avatar: el camino del agua presenta las que posiblemente sean las imágenes generadas por computadora más impactantes y complejas puestas en una pantalla grande, y definitivamente merecen ser vistas en una.

Toda esa faramalla de que la película fue filmada en 3D a 48 cuadros por segundo para ser proyectada en IMAX sólo significa, para el espectador común, que esta es una de las experiencias audiovisuales más inmersivas que hay.

Avatar: El camino del agua
Es difícil no sonreír como Kiri al sumergirnos en las aguas de Pandora (Crédito: 20th Century Studios)

Y esto no sólo se refiere al nivel de detalle en las pieles, al realismo de la arena, a cosas que se dan por hecho como el impecable diseño de audio, o al hecho de que el cabello luce palpable y auténtico en pantalla. Se refiere a que, debajo de las capas de datos computarizados, la tecnología logra mantener la expresividad, desde la sonrisa más alegre y sincera hasta el último estertor antes de la muerte.

Y muertes hay en Avatar: el camino del agua (es una guerra, después de todo). Pero algo curioso: al menos quien escribe se sintió más conmovido por las criaturas que por los personajes Na’vi que pierden la vida en esta historia. El guión, simplemente, no da suficiente tiempo con ninguno de ellos como para sentir una identificación profunda.

Y así, volvemos al punto de que, quizá, Cameron ha dedicado aquí demasiado tiempo a llegarnos por los ojos, pero no mucho al corazón. Y no es que su secuela de Avatar no sea emocionante: lo es en los momentos de acción y tensión, demostrando que el director está en la cima de sus capacidades. Cada combate y persecución es apasionante, no hay otra palabra adecuada para decirlo. Sólo que los personajes involucrados no nos importan mucho.

Así que cabe preguntarnos si realmente esta historia da para tres secuelas más, considerando lo parecida que esta segunda es a la primera. Las posibilidades no tienen límite: apenas hemos arañado la superficie del mundo y mitología de Pandora, y la tecnología de El camino del agua sólo demuestra que no hay obstáculo que no pueda superar. Los humanos pueden ser alienígenas azules en un mundo más bello que el nuestro, y una mujer de 70 años puede interpretar a una adolescente.

Si James Cameron se sale con la suya, los espectadores quedarán pasmados por el sombrero de Stacy Malibú. Llevarán sus vejigas, ojos y carteras al límite por la experiencia 3D, recaudando los dos mil millones de dólares en taquilla que, en teoría, necesita para continuar contando su historia.

Sólo que, si queremos más sustancia en nuestro cine, quizá sea mejor no dejarnos apantallar por el sombrero.

Avatar: El camino del agua llega a salas de cine este 15 de diciembre. Para saber más de la película y comprar boletos, entra aquí.