Crítica de 'Babylon': el bello imperio construido sobre la mierda

‘Babylon’: el bello imperio construido sobre la mierda

Con ‘Babylon’, el director de ‘La la Land’ entrega una película que toma prestado de ‘Cantando bajo la lluvia’, ‘Ocaso de una estrella’ y ‘El padrino’

Lalo Ortega   |  
19 enero, 2023 5:42 PM
- Actualizado 24 enero, 2023 9:20 AM

La primera escena de Babylon –en salas de cine desde este 19 de enero– es un curioso fragmento que, a pesar de su proporción modesta comparada con el resto del metraje, podría encapsular toda su esencia.

Manuel “Manny” Torres (Diego Calva), un inmigrante mexicano en Hollywood, es asignado a la ingrata tarea de llevar un elefante hasta la mansión de un ejecutivo cinematográfico en la cima de un cerro, sin más ayuda que la de una camioneta (diseñada para llevar caballos) y un obrero. El asunto termina en una catastrófica cascada de mierda, pero vaya: todo sea por las opulentas indulgencias del Hollywood de los años 20.

Porque, a pesar de su espectacular tamaño –y la impracticidad para transportarlo–, el animal no es más que un elemento en algo mucho más grande: es el postre de una bacanal de baile, alcohol, cocaína, sexo y otros excesos con la presencia de cantantes, bailarinas, músicos y leyendas de Hollywood como Jack Conrad (Brad Pitt). Colándose en la marea de decadencia está Nellie LaRoy (Margot Robbie), una joven que sueña con ser estrella.

Manny, quien la ayuda a entrar en la fiesta, le confía su sueño compartido de integrarse a la industria que crea los sueños de las masas de principios del siglo XX. “Siempre quise ser parte de algo más grande. Algo que dure, que signifique algo”. Sentimiento, al parecer, compartido por el propio director de la película, Damien Chazelle (ganador del Oscar a Mejor director por La la Land).

Babylon: las indulgencias de Hollywood (y de Chazelle)

Publicidad

Esta prolongada secuencia inicial es, al mismo tiempo, uno de los logros más elocuentes y más indulgentes de Chazelle, quien aborda de lleno el canon de una industria enamorada de sí misma, en busca de un lugar a la derecha de Billy Wilder y Stanley Donen. La cámara vuela sobre el baile, los gritos, las orgías, registrando uno por uno a los personajes, sus nexos con otros y sus motivaciones.

Es una secuencia que recuerda a la boda inicial de El padrino por sus dos funciones. Por un lado, retrata los descarados excesos que eran el pan de cada día en el temprano Hollywood, el hedonismo y materialismo groseros en los que se sumergían sus estrellas, y por los que la película metafóricamente lleva por título el nombre de la capital de otro imperio otrora majestuoso y decadente.

Babylon
Brad Pitt encarna al actor clásico de Hollywood desplazado por el cine sonor (Crédito: Paramount Pictures)

Por otro lado, vemos las grietas en los sueños inocentes e imágenes de éxito de sus protagonistas. Vienen de familias complicadas, sus matrimonios sufren y, como veremos no mucho más tarde, son carne de cañón en una industria que avanza impasible hacia el futuro, sin mirar atrás. Están condenados a sucumbir a sus tentaciones, quedar en el olvido y, como Babilonia, ser cruelmente castigados por Dios.

En ese sentido, y tal como lo hiciera Cantando bajo la lluvia de Stanley Donen en su momento, Babylon funciona como una clase de historia del cine: El cantante de Jazz (The Jazz Singer) y el sonido sincronizado lo cambian todo para siempre en Hollywood. El ascenso del conservadurismo, aprovechando los constantes escándalos de la industria, instauró el código Hays, cerrando puertas a más actores en la búsqueda por reformar su imagen.

Chazelle –guionista además de director– da rienda suelta a sus propios excesos, con múltiples escenas que ilustran estos frenéticos cambios en la industria de forma divertida, aunque prolongándose mucho más de la cuenta en varias instancias. El cineasta no está tan preocupado por ofrecer una perspectiva crítica, pero tampoco del todo celebratoria del pasado.

Con Babylon, el director revisa el camino ya recorrido por Donen, disminuyendo su cursilería y ofreciendo, en su lugar, un retrato más frontal de los salvajes años 20 y sus excesos. En sus consecuencias, nos encontramos con que Chazelle entrega algo más triste, parecido a Ocaso de una estrella (Sunset Boulevard, de Billy Wilder).

Dicho esto, a pesar de la riqueza de sus evidentes influencias, a veces el director salta de un lado a otro con tal frenesí que es difícil desarrollar a todos sus personajes para realmente simpatizar con ellos. Está claro que los protagonistas son Pitt, Robbie y Calva, pero pareciera que Chazelle quería el mismo grado de conexión con otros dos personajes clave: la cantante de cabaret Lady Fay Zhu (Li Jun Li) y el trompetista de jazz Sidney Palmer (Jovan Adepo). Sin embargo, acaban perdiéndose en el caos y sintiéndose como accesorios.

Babylon
Hay un elemento de romance en Babylon no desarrollado del todo (Crédito: Paramount Pictures)

Pero algo en lo que Babylon sí es sensacional, es en presentarnos a Hollywood como el mundo de claroscuros que fue y aún es. Nos muestra cómo el imperio de sueños, hermosos para tantos de nosotros y habitados por estrellas inmortales, está construido sobre una marea de vicios, egos y un progreso que no tiene piedad por nadie.

Porque un elefante en una fiesta es algo tan fascinante y emocionante como extrañamente bello. Pero ese elefante no llegó a la cima del cerro sin dejar mucha, pero mucha mierda en el camino.

¿El cine estará bien?

Uno de los temas de Babylon es el desplazamiento de lo viejo –tecnología, artistas, paradigmas– en nombre del progreso, de lo nuevo. El cine sonoro desplazó al mudo y, con ello, antiguas estrellas se quedaron en la calle.

Dice el cineasta e historiador Mark Cousins que la historia del cine es la historia de la innovación. A un siglo de distancia de la época representada en Babylon, sobra decirlo: desde entonces, hemos visto venir el cine a color, el cinemascope, la pantalla verde, las cámaras digitales, el 3D, la animación digital, la captura de movimiento y la producción virtual.

Vale la pena mantener la sorpresa del final, pero basta con comentar que Chazelle parece decirnos que, sin importar las transformaciones que vengan, el cine estará bien. La pantalla podrá ser más grande, las imágenes en ella podrán haber sido creadas de forma distinta, pero seguirá existiendo la experiencia de sentarnos en una sala oscura y emocionarnos juntos… ¿verdad?

Entonces, se estrenó Babylon en Estados Unidos en diciembre de 2022, convirtiéndose en uno de los grandes fracasos en taquilla del año (al momento de la redacción, está arañando los 15 millones de dólares recaudados, según Box Office Mojo). Mientras que Avatar: el camino del agua (cuya duración es casi idéntica) sigue dominando la taquilla, la película de un cineasta ganador del Oscar lucha por recuperar su inversión.

El hecho hace eco de lo que sucedió a finales de 2021, cuando cierta película de Spider-Man acaparó toda la recaudación en taquilla, dejando con las sobras a cineastas como Guillermo del Toro y a Lana Wachowski. ¿El cine estará bien? Quizá sí, pero quién sabe para cuántos cineastas.

“No debemos intervenir en el camino del progreso”, dice el personaje de Brad Pitt, melancólico. Está por verse cómo lucirá ese progreso para nuestro cine. Sólo esperemos que, incluso con todas sus fallas, haya más lugar en él para películas con la ambición de Babylon.

Babylon ya está en salas de cine de México. Para saber más de la película y comprar boletos, entra aquí.