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‘Spider-Man: Sin camino a casa’ y el cine de figuras de acción

Sin camino a casa, tercera aventura de Tom Holland como Spider-Man, cierra el arco narrativo de su trilogía de forma coherente, pero también expone la bancarrota creativa del Universo Cinematográfico de Marvel.

Lalo Ortega   |  
15 diciembre, 2021 2:04 PM
- Actualizado 5 enero, 2022 2:37 PM

Tenía 12 años cuando se estrenó la primera película de El hombre araña, de Sam Raimi (era 2002). Recuerdo que, incluso en un año que vio estrenarse la segunda parte de El señor de los anillos y una película de Star Wars, la de Spider-Man era el acontecimiento más anticipado en las salas de cine.

Era, después de todo, la primera vez que veríamos al personaje más querido de Marvel Comics propiamente en pantalla grande. No había un “cine de superhéroes”: la primera entrega de X-Men apenas se había estrenado dos años atrás; la de Blade estaba cumpliendo cuatro. Superman llevaba década y media lejos de las carteleras, y Batman ya iba para un lustro sepultado bajo la infamia de los “batipezones”.

Y el trepamuros era algo especial, distinto a todos ellos. En un mundo en el que pululan los dioses nórdicos, alienígenas, supersoldados y millonarios que vuelan en latas, Peter Parker es un chico de Queens que debe lidiar con la escuela y las hormonas adolescentes, pelear contra el crimen y remendar su propio disfraz después.

Nunca supe mucho de cómics, pero sabía que Parker es un bicho raro que, por ser alguien “ordinario”, ha hecho eco durante décadas en otros como él, que buscan encajar y ser extraordinarios. Por extensión también me hablaba a mí, un nerd de pocos amigos obsesionado con los videojuegos.

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Naturalmente, amé El hombre araña. Si Christopher Reeve había hecho creer a miles que un hombre podía volar, Tobey Maguire me había hecho creer que un hombre podía columpiarse entre rascacielos, luchar contra la tragedia de su doble vida, y volver a casa para cenar con la tía May. Jamás había escuchado sobre Willem Dafoe hasta entonces, pero supe que jamás olvidaría ese nombre y ese rostro. Dos años después, El hombre araña 2 me dejaría la misma marca con Alfred Molina.

Alfred Molina en 'Spider-Man: Sin camino a casa'
“Hola, Peter”, dice Alfred Molina, seguido de una ola de histeria colectiva (Crédito: Sony Pictures)

Así que, cuando surgieron los primeros avances de Spider-Man: Sin camino a casa (Spider-Man: No Way Home), no pude evitar sentirme emocionado. A pesar de mis (considerables) reservas sobre el actual boom de cine de superhéroes, ahora estaba genuinamente interesado: dos de los antagonistas fílmicos que recuerdo con más cariño, iban a volver a la pantalla grande en una nueva película. El “factor nostalgia” es canijo.

Reservas y nostalgia ambas en mente, habiendo finalmente visto la película (dentro de un torbellino de secrecía usualmente empleado sólo en operaciones militares), puedo decir que mi experiencia fue tan ambivalente como esperaba. No pude evitar sonreír al ver de nuevo a estos personajes de las películas de Raimi. Pero tampoco pude evitar sentir ese vacío que acompaña a un truco de magia visto demasiadas veces.

Con un gran poder: el ciclo se completa

Sin camino a casa arranca precisamente donde nos dejó su predecesora, Lejos de casa. En un video divulgado a medios masivos de comunicación, Quentin Beck/ Mysterio (Jake Gyllenhaal) ha incriminado a Spider-Man por su muerte. No sólo eso, también ha revelado la identidad del héroe como Peter Parker (Tom Holland), lo que tiene un efecto masivo e inmediato no sólo en su vida personal, sino la de sus seres queridos.

Asediado por cámaras, la policía y un público furioso, Peter ve cómo sus posibilidades de ir a la universidad se esfuman junto con las de su novia, MJ (Zendaya), y las de su mejor amigo, Ned (Jacob Batalon). Negándose a dejarlos sufrir las consecuencias de su doble vida, Parker acude al Hechicero Supremo, Stephen Strange (Benedict Cumberbatch) para que, con un hechizo, haga que el mundo olvide la identidad de Spider-Man. Excepto que todo sale mal.

Spider-Man: Sin camino a casa
Imágenes antes de la tragedia multiversal (Crédito: Sony Pictures)

Así comienza la misión del trepamuros, en la que se filtran a su mundo villanos de otros universos, como Norman Osborn/ El duende verde (Dafoe) y Otto Octavius/ Doc Ock (Molina), pero también Flint Marko/ El arenero (Thomas Haden Church), Max Dillon/ Electro (Jaimie Foxx) y Curt Connors/ El lagarto (Rhys Ifans). Tres franquicias de Spider-Man que convergen en una sola película por vía del llamado multiverso, concepto introducido en la serie de Loki.

Con toda la locura multiversal de su premisa, Sin camino a casa logra comenzar, paradójicamente, como la más terrenal de las películas con Holland como el superhéroe. Si recordamos que su versión del personaje debutó con un cameo peleando contra el Capitán América, para luego ser enviado a combatir alienígenas en Infinity War; lo que está en riesgo aquí, al menos en principio, es la oportunidad de Parker y sus amigos para ser sólo unos chicos normales que van a la universidad.

Al mismo tiempo, la película logra cerrar el arco narrativo establecido para el Hombre Araña en De regreso a casa. Más que las versiones de Maguire y Andrew Garfield, este Peter Parker fue presentado como un adolescente tratando de probar su valía y de aprender a ser un superhéroe, en un mundo donde todo el mundo y sus abuelas son uno. La sombra de Tony Stark como mentor se proyecta sobre las dos primeras entregas (e incluso tiene consecuencias en esta tercera), pero aquí, finalmente, Parker tiene que aprender a ser un adulto y lidiar con sus problemas, incluso cuando sus soluciones bien intencionadas le provocan nuevos.

Para Peter, el asunto de su vida personal y su futuro es, al inicio, el dilema central a resolver, y uno que lo regresa a su entrañable condición de “amigable vecino”. Pero el guión da un volantazo a la izquierda cuando el hechizo de Strange se arruina por la constante intervención de Parker (porque claro). Esto termina sintiéndose como un mero pretexto para reciclar a todos estos personajes, y para todo lo que viene después en esta aventura metatextual, multidimensional y multifranquicia.

Y ojo, que hasta aquí, nada de lo que se ha mencionado es uno de los temidos spoilers: todo eso y más está en las montañas de avances ya publicados por Sony Pictures de antemano. Sin embargo, la manía por evitar las filtraciones de la trama es el principal síntoma de una enfermedad: una total sequía creativa en la nueva Spider-Man.

La primacía del spoiler (“¡Quiero fotografías de Spider-Man!”)

Era la fila para una mera función de prensa, pero parecía que pasábamos revista por un aeropuerto: celulares apagados en bolsas selladas, detectores de metal (para evitar dispositivos de grabación ocultos), sin mencionar embargos firmados con horas de antelación, comprometiendo a los periodistas a no revelar ningún detalle de la trama, ni en esta ni en ninguna fecha posterior. Así fue en México, al menos (y en Brasil, como atestigua otro de nuestros editores).

Claro que todo esto es para que el resto del público llegue lo más “limpio” posible a la nueva Spider-Man, cuando ésta se estrene el 15 de diciembre en México (en todo el mundo, las funciones de prensa fueron entre el día 13 y el 14).

Sin embargo, todas las medidas resultan paradójicas considerando que, en los últimos meses, toda la conversación de la película online ha sido sobre la infinidad de teorías que desmenuzan hasta el último segundo de los tráilers, buscando cualquier evidencia (por mínima que sea) de si esas dos personas que todos estamos pensando aparecerán o no en la película. De pronto, todos somos nuestro propio James Jonah Jameson.

“Ni siquiera debo expresar emoción”, dijo alguien a la salida de la función, al parecer una Tiktoker. “No sé cómo le voy a hacer para hablar de todo esto sin spoilers”, mencionó alguien más.

J.K. Simmons en El hombre araña 2
“Quiero fotos de Spider-Man. Pero también, no spoilees Spider-Man” (Crédito: Sony Pictures)

Ese es, creo yo, el problema. No es que en la prensa queramos gritar los detalles de la trama a los cuatro vientos al salir de la función (me gusta pensar que la mayoría somos razonables), pero sí que preocupa la dependencia de los blockbusters actuales en el puro argumento. O peor aún: en cuántos personajes salen en la película al mismo tiempo. Es el equivalente cinematográfico de la fantasía de un niño: juntar un montón de figuritas de acción y ponerlas a pelear, tenga o no sentido. Pero el cine es (o por lo menos puede ser) mucho más que sus solos componentes narrativos. Si revelar detalles del argumento es lo peor que le puede pasar a tu película, entonces tiene poco que ofrecer.

Y para muestra, tampoco hay que salirnos del cine de superhéroes. Sólo hay que irnos unas décadas atrás, cuando la preocupación era hacer sólo buenos blockbusters, y no series de gags, combates y cameos hilados en algo parecido a una película. Vaya, ni siquiera hay que salirnos de la franquicia de Spider-Man.

Porque a pesar de sus ambiciones multifranquicia y multiversales, el Universo Cinematográfico de Marvel todavía tiene que lograr algo tan genuinamente aterrador como la escena con Doc Ock en el hospital de El hombre araña 2, o tan original como el combate contra éste sobre un tren. Si el personaje de Molina (y el de Dafoe, por extensión) es una presencia tan grande en Sin camino a casa, es por el impacto de su debut en 2004.

Quince años después, el nacimiento de El arenero en El hombre araña 3 sigue siendo una de las escenas con mayor humanidad en cualquier película de superhéroes. Y no hay ni un diálogo en ella, sólo emoción evocada por las expresiones de una marioneta digital bien lograda y una banda sonora competente.

Tampoco se trata de encumbrar a Sam Raimi como el gran autor del cine de superhéroes: hay aspectos de su trilogía de El hombre araña que han envejecido terriblemente, como el abismal tratamiento de sus personajes femeninos.

Sin embargo, al menos había detrás una visión creativa lo suficientemente distinta, incluso si no siempre fue acertada. Los bailes de “Bully Maguire” vivirán en la eterna infamia, pero no por nada seguíamos recordándolos cuando llegó a burlarse de ellos Spider-Man: Un nuevo universo. Película que, dicho sea de paso, abordó el concepto de un multiverso de hombres y mujeres araña hace tres años.

Esta aversión a los riesgos creativos por parte de Marvel Studios se traduce a que todas sus películas se vean y sientan igual, todas ellas episodios de una larga serie fílmica más preocupados por sugerir lo que viene después, que por contar algo original y apasionante por sí mismos.

Sin embargo, cuando lo más destacado en Sin camino a casa viene de iteraciones anteriores de la franquicia, cabe traer el tema a la mesa de nuevo. Los mejores momentos musicales de la película sólo aluden a algo que Danny Elfman compuso hace casi 20 años (y vamos, el tema principal de este Hombre Araña es una versión del de la serie de los 60). Molina y Dafoe repiten icónicas frases suyas, reducidos a memes o muñecos de cuerda.

Porque al final, esa es la táctica de Sin camino a casa, misma que ha repetido Marvel Studios a lo largo de ya casi una treintena de películas en el Universo Cinematográfico de Marvel: la referencia de la referencia de la referencia, la nostalgia hecha herramienta de mercadotecnia, aquí echando mano de las películas con las que varios como yo crecimos. Es curioso ver que, tanto El hombre araña 3 (la última de Maguire) como El sorprendente Hombre Araña 2  (la última de Garfield) fueron vapuleadas por saturar su metraje con más personajes de lo que era sensato. Pero gracias a la nostalgia, estamos listos para perdonar a Sin camino a casa por lo mismo.

Pero pertinentemente, decía el historiador Charles Maier que “la nostalgia es a la memoria lo que el kitsch al arte”. O en otras palabras, “eso que extrañas ya no existe”, sólo se ha convertido en un producto que nos da la ilusión de volver a ello. Reunir en una sola película a tres franquicias y sus actores es un logro logístico loable, aplaudible para ejecutivos de un estudio. Sin embargo, es inerte en el apartado creativo, una muletilla para justificar el reciclaje de ideas que vienen desde hace veinte años.

Mejor dicho por un tal Wade Wilson: “qué escritores tan flojos”.

Traseros en las butacas

“¿Sabes qué hará que la gente vuelva a los cines? Spider-Man. Seamos felices con eso”.

Ese fue el cineasta Paul Thomas Anderson, en una reciente entrevista con The New Yorker, a propósito de su más reciente película, Licorice Pizza.

Y tiene razón. Como cinéfilos y luego de casi dos años de una pandemia que ha golpeado muy duro a la industria, da gusto que la taquilla de una película contribuya para mantener viva la experiencia de las salas de cine (los estimados para Sin camino a casa son de 290 millones de dólares a nivel mundial en su primer fin de semana en cartelera).

Pero también es un optimismo cuestionable, si consideramos que otras propuestas han luchado por mantenerse a flote: Amor sin barreras, el remake de Steven Spielberg, se perfila para ser un fracaso en taquilla, y el éxito descomunal del trepamuros descarta la hipótesis de que la pandemia es la culpable.

En la lógica de Anderson, el éxito de un blockbuster mantiene los cines abiertos para que otras películas puedan verse en salas. El problema es que nadie parece querer ver otra cosa, así que natural e inevitablemente, las salas serán acaparadas por el superhéroe por el resto del mes.

Curiosamente, la genealogía del asunto nos lleva de regreso al propio Speilberg. En su ensayo audiovisual The Summer of the Shark para la serie Voir, de Netflix, la editora y fundadora del sitio AwardsDaily, Sasha Stone, concluye así sobre el verano en que vio Tiburón, el blockbuster original:

Tiburón se excedió tanto de su presupuesto que pudo haber sido un gran desastre, pero se convirtió en una de las mejores películas de la historia. También puso una vara poco realista para definir un éxito en taquilla.

No se puede culpar a los fanáticos del cine por sus gustos, pero Hollywood parece haber aprendido lecciones equivocadas ese verano. Persiguieron el espectáculo y el juego de las cifras, pero se olvidaron de la esencia de Tiburón. Es una historia excelente, contada brillantemente”.

Ese señor que se refirió al cine de superhéroes como atracciones “parque de diversiones” quizá no exageraba tanto. La gran atracción de Spider-Man: Sin camino a casa es el misterio de si aparecerán o no esas personas en las que todos estamos pensando.

La gran paradoja es que todo esto suena como necedad nostálgica. Quizá los blockbusters que abrazan el camp y cuentan buenas historias, sin depender del fanservice, son cosa de un pasado que nunca volverá. Al menos se ve que Willem Dafoe la pasó de maravilla filmando esto.

Y vamos, la esperanza muere al último: la misma Sony nos dio el chispazo de originalidad que es Spider-Man: Un nuevo universo hace sólo tres años. Ojalá que otro momento de inspiración no esté tan lejos.

Spider-Man: Sin camino a casa ya está en salas de cine mexicanas. Para conocer más sobre la película y adquirir boletos, entra en este enlace.