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‘La gran libertad’: el nazismo que quedó

‘La gran libertad’ recibió el premio del jurado de la sección Una Cierta Mirada en el Festival de Cannes 2021.

Lalo Ortega   |  
21 julio, 2022 12:13 PM
- Actualizado 29 julio, 2022 10:22 AM

Hay un momento fugaz, pero vital, en el primer tercio de La gran libertad, película premiada en Cannes que llega a salas de cine mexicanas este 21 de julio.

El año es 1945, en Alemania, y la Segunda Guerra Mundial ha terminado. Un joven Hans (Franz Rogowski), encarcelado por ser homosexual, realiza una variedad de trabajos en prisión, como pintar las paredes o coser y descoser ropa. Un día, lo vemos deshacer un uniforme militar, arrancando la esvástica nazi de la tela.

El momento, creo, es simbólico de la premisa entera de La gran libertad. Hans porta un tatuaje numérico en su brazo, señal de que fue preso en un campo de concentración por su homosexualidad. El fin de la guerra, en teoría, supuso la libertad para quienes vivieron sus horrores al interior de sus cercas.

No para personas como Hans, cuya mera naturaleza era criminalizada por el párrafo 175 del código penal Alemán. Los homosexuales salieron de una prisión simplemente para ir a otra.

Pero resulta que Hans ya ha estado tras las rejas. La película ni siquiera comienza en 1945, sino en 1968. Aprenderemos después que esta no es, ni remotamente, la primera vez que el hombre pisa la cárcel por el mismo “delito”.

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Y no es que el hombre no aprenda, sino que, simplemente, se niega a doblegar su ímpetu por mostrarse libre y pleno siendo quien realmente es. Eso es La gran libertad: un retrato complejo, matizado y con mucha ternura de la resiliencia del espíritu; pero también de la bajeza de someter a otros por la intolerancia hacia su naturaleza.

El precio de la represión y el confinamiento

La película, dirigida por el austriaco Sebastian Meise, se sitúa en tres años diferentes, extendiéndose por tres décadas y tres encarcelamientos de Hans: 1945, 1957 y 1968. Mediante un desarrollo gradual y pausado, vamos descubriendo las relaciones que él mantiene con otros reos, principalmente Viktor (Gregor Friedrich), un hombre violento y homosexual de clóset que cumple cadena perpetua por un asesinato.

La gran libertad
Hans y Viktor se vuelven compañeros de celda (Crédito: Cine Caníbal)

El guión salta en el tiempo a discreción, con la cambiante relación entre Hans y Viktor en su centro, pero explorando también otros romances, con Oskar (Thomas Prenn) en 1957 y con Leo (Anton von Lucke) en 1968.

Si bien Hans es el protagonista, es a través de los otros tres personajes que somos testigos del elevado precio psicológico que tienen el injusto confinamiento y la represión de sus identidades. Uno de ellos es abiertamente violento y se muestra homofóbico. Otro de ellos opta por reprimirse: la única vía para asegurar que volverá a caminar libre.

Es a través de esta progresión, transformaciones e intercambios entre personajes, que La gran libertad plantea el significado de una verdadera libertad. O mejor dicho: qué significa la palabra para personas que han sido privadas de su dignidad, y de su capacidad de imaginarse plenas y sin miedo a la represión en su día a día.

Crítica: La gran libertad
¿Qué es “la gran libertad” del título? (Crédito: Cine Caníbal?

La gran libertad: ver y ser vistos

En este sentido, Meise opta esporádicamente por un recurso visual curioso, pero contundente: la mirada furtiva, voyerista, de las filmaciones caseras.

Hay dos instancias de ello. La primera es el comienzo mismo de la película, en 1968. Las autoridades muestran la evidencia filmada de Hans cometiendo actos sexuales con otros hombres de manera clandestina, condenándolo una vez más a prisión.

Las imágenes, aquí, son predatorias, sin consentimiento ni implicación del sujeto. Su objetivo es exhibir, condenar y reprimir al otro.

Más adelante en la película, presenciamos algunos de los recuerdos de Hans y Oskar por medio de una película casera. La pareja juega, ríe, se besa, miran y hablan a la cámara. Es un momento íntimo, de implicación mutua, creado para dar forma tangible a las memorias bellas a través de una mirada tierna.

Es como si, a través de La gran libertad, Meise nos invitara a mirar de esa forma: para entender y enternecerse, sin invadir, cuestionar ni someter.

La gran libertad
Tras las rejas, Oskar y Hans manifiestan sus identidades de formas diametralmente opuestas (Crédito: Cine Caníbal)

Porque un vistazo rápido a los hechos nos dirá qué fue del párrafo 175, pero ese no es, ni cerca, el fin de nuestra historia de intolerancia. Sí, los horrores de los campos de concentración quedaron atrás en la historia de Occidente.

Pero nuestra sociedad todavía es intolerante: discriminamos, negamos derechos básicos y violentamos a quienes no son heteronormados. Historias como La gran libertad se mantienen necesarias porque nos arrancamos las esvásticas del pecho, ¿pero somos mucho mejores que quienes las portaban con orgullo?

La gran libertad ya está en salas de cine mexicanas. Si quieres saber más sobre la película, ver el tráiler o comprar boletos, entra a este enlace.