ascension-documental-analisis

‘Ascensión’: el “milagro chino” bajo la lupa

El documental ‘Ascensión’, de la directora Jessica Kingdon, ofrece una mirada cercana al “milagro económico” de China.

Lalo Ortega   |  
15 marzo, 2022 11:38 AM
- Actualizado 22 marzo, 2022 1:00 PM

Proporciones y contextos aparte, y sea coincidencia o no, la experiencia de ver el documental Ascensión (Ascension) –ya disponible en Paramount+– recuerda a la fundamental película soviética de Dziga Vertov, El hombre de la cámara, estrenada en 1929.

Desde entonces, las innovaciones del documental de Vertov (y por extensión, del movimiento de los kinoks o “cine-ojo” de los cineastas soviéticos) ya son básicos en el arte del cine, en particular, de la clase de películas que se despojan de toda influencia de las narrativas convencionales. Un cine, pues, en el que las imágenes hablan por sí solas (la famosa regla de oro, “mostrar, no decir”).

Temáticamente, incluso, pueden verse los paralelos: sin diálogos, narraciones, guión o puesta en escena de por medio, El hombre de la cámara es un frenético kaleidoscopio –rico en innovadoras técnicas cinematográficas para su tiempo– del día a día de la sociedad soviética en el auge industrial, con un evidente optimismo nacionalista por el progreso de la entonces Unión Soviética.

Resulta poético que, a casi un siglo de distancia, la directora Jessica Kingdon emplea técnicas similares para filmar, a través de 51 diferentes locaciones en China, la rutina del gigante asiático en su boom de desarrollo capitalista, con miras a convertirse en la mayor superpotencia económica del globo, luego de haber sido un país maquilador para el resto del mundo hace cosa de 40 años.

Publicidad

La directora también filma viñetas de diversos ámbitos de la vida urbana en China, cosa que, para espectadores contemporáneos, es un prospecto que podría parecer el caldo de cultivo perfecto para una narrativa fragmentada, caótica, incluso incoherente.

Ascensión
Ascensión es un mosaico de imágenes del exceso (Crédito: Paramount Pictures)

Nada más lejos de la realidad. Si bien el frenesí sensorial con el que Kingdon captura a la hiperdesarrollada nación asiática puede hacer eco de Vertov, sí que hay un hilo conductor de la narrativa que está implícito por un pesimismo subyacente de la directora.

Kingdon toma prestado el título de Ascensión de un poema escrito por su bisabuelo, pero también alude a la estructura narrativa del documental. La historia que sugiere es la de las clases sociales de China, comenzando con la clase trabajadora que abarrota las fábricas y ensambladoras, y ascendiendo hasta la élite económica que se beneficia de ello.

La China plástica

En un mundo post-pandemia golpeado por un desempleo generalizado, resultan surreales las imágenes de trabajos anunciados por reclutadores en los concurridos mercados callejeros, buscando mano de obra. Todos los puestos que ofrecen de maquila, y sus palabras ya dejan entrever en qué condiciones: uno de los factores diferenciadores es si el trabajo es sentado o de pie.

La cámara entonces viaja hacia las entrañas de la economía china, donde la directora pone a buen uso ese dinamismo visual vertoviano. Bajo la mirada vigilante de retratos de Xi Jinping, fábricas de botellas de plástico operan como relojes, las ensambladoras de teléfonos móviles corren incesantes, y empleadas de una maquila de pantalones son reprendidas por sus imprecisiones. El contrapunto, es la extinción del eterno ciclo de creación y destrucción, donde el último es sustituido por abrumador desperdicio plástico: montañas y montañas de él en los basureros.

Entre viñeta y viñeta del mundo industrial, sin mayor comentario o contexto (“mostrar, no decir”), Ascensión comienza a explorar los vicios y contradicciones del crecimiento económico chino, desde las más sutiles hasta las más obscenas.

Destaca, por ejemplo, que China no se ha despojado totalmente de su condición de país maquilador, pues por ahí vemos ropa bordada con las palabras “Keep America Great” (el eslogan para la campaña de reelección presidencial de Donald Trump). En otra escena –como de ciencia ficción distópica–, mujeres chinas ensamblan decenas de muñecas sexuales, de cuerpos exagerados al grado de lo grotesco, con rasgos faciales evidentemente occidentales.

Estas paradojas se hacen más evidentes conforme la narrativa asciende de un estrato económico a otro. En las industrias de hospitalidad y servicios, los trabajadores son orientados a adoptar las costumbres y modos occidentales. Se les adoctrina hacia la lealtad y responsabilidad absoluta con sus empresas empleadoras y, al mismo tiempo, se les incentiva a trabajar duro para destacarse, en una sociedad donde todo, hasta ellos mismos, son producidos en serie.

Ascensión
Así en Oriente como en Occidente: el influencer como promotor del consumo (Crédito: Paramount Pictures)

Lo mismo sucede con el ocio: escuelas de influencers enseñan a los individuos a “monetizar sus marcas personales”. Tal como en Estados Unidos, la uniformidad artificial de los centros comerciales es la norma del entretenimiento. Las salas de computación se llenan de videojugadores, dispuestos a pasar horas frente a la pantalla para competir. En una de las imágenes más características de Ascensión, un parque de diversiones acuático es abarrotado por docenas de flotadores rosas.

Tal como las fábricas de donde proviene este sinfín de artículos, la maquinaria del consumo da vueltas y vueltas sin parar. Y en la cima, están los ricos, poderosos y déspotas (en las academias, se advierte a los mayordomos de los posibles malos tratos), que expresan su agrado por el american way, a pesar de la guerra comercial.

Ascensión: la paradoja y el pesimismo

Quizá lo más revelador del documental es que, a pesar del percibido hermetismo de la nación asiática hacia el exterior, Kingdon expone la contradicción: en realidad, China no es nada diferente al bloque económico occidental. Al contrario, aspira a ser su digno rival en el mismo juego.

Conforme la élite económica adopta frívolamente las costumbres occidentales, aprendemos que las compañías nacionales aspiran a incrementar el consumo en el país. Aún hay mucho espacio para crecer, dicen, pues la población china no consume tanto como sus contrapartes americanas. Todavía queda mucho dinero por generar, aseguran, y la riqueza será distribuida a los que trabajen duro.

Sin embargo, la experiencia al otro lado del Pacífico dicta que ese rara vez es el caso. Quizá esta perspectiva (Kingdon, que se define como chino-americana, radica en Nueva York y es hija de padre judío y madre china) informa los significados de la narrativa que sugiere la directora con el viaje de su cámara por la economía china.

“Veo a China como el escenario para preguntas universales sobre la paradoja del progreso, que son magnificadas y exploradas conforme pasa de ser lo que se conocía como la fábrica del mundo, a una de las sociedades de consumo más grandes del mundo”, dijo Kingdon en una entrevista por la presentación del documental en el Festival de Tribeca.

Y es que, terminado el recorrido de Ascensión, es imposible no ver las contradicciones del llamado progreso, que beneficia a unos cuantos y deshumaniza a muchos otros. Si esto sucede en lados teóricamente opuestos del globo en nombre del crecimiento económico, ¿qué esperanza hay para los menos privilegiados?

Kingdon cierra el círculo con un extracto del poema homónimo de su bisabuelo, Zheng Ze, publicado en 1912. “Todo ya ha sido arrasado”, sin duda.

Ascensión ya está disponible en Paramount+. Si quieres saber más sobre la película, ver el tráiler y encontrar el enlace directo a la película, entra aquí.